La guerra del planeta de los simios. Matt Reeves

imageDe un tiempo a esta parte, los blockbuster veraniegos pasan por las carteleras sin pena ni gloria. Pocas veces la acción frenética, el sonido estridente y los efectos especiales vienen acompañados de un guión de una calidad apabullante. Sin embargo, La guerra del planeta de los simios tiene un mucho de lo último y un poquito de los demás factores anteriormente mencionados. Lo conseguido por Matt Reeves con este broche final —¿realmente lo es?— a la saga es de una categoría digna de mención.

Los acontecimientos nos sitúan cuatro años despues de lo narrado en la anterior entrega; sin embargo, los enfrentamientos entre simios y humanos siguen sucediéndose. Los monos, liderados por César, siguen escondiéndose de los hombres, mientras que estos últimos buscan a los primeros para acabar con ellos. ¿La razón? La especie humana ha sido diezmada por el virus de la gripe simia y corre grave peligro de ser eliminada de la faz de la Tierra. Todo lo contrario que la especie protagonista, en pleno auge intelectual y alejada de cualquier enfrentamiento, sabiéndose responsable del futuro de sus congéneres.

Por suerte, el director plantea la historia desde el punto de vista de los simios, algo que no es nada fácil. César es uno de los pocos monos que puede articular palabras, así que sus apariciones no nos provocan muchos problemas. Pero sus parientes, es harina de otro costal, lo que se resume en dos horas y media de monetes comunicándose mediante el idioma de los signos y subtitulándolo en la pantalla. Con un lenguaje sencillo, consiguen atraparnos con sus dilemas, consistentes en hasta qué punto siguen siendo lo que eran, y cuánto se diferencian de nosotros. La ira, el afecto, el apego, la venganza… Todos estos sentimientos, tan ligados al ser humano, los sentirán el protagonista y sus congéneres y nos mostrarán cómo de fina es la línea que separa a seres humanos y primates.image

Por otro lado, tenemos el bando humano, liderado por un Coronel sin nombre interpretado por un Woody Harrelson al que la edad le ha dotado de mayor capacidad interpretativa y que en los últimos tiempos nos ha sorprendido con papeles más que brillantes —Marty Hart de True Detective es un buen ejemplo de ello—. Aquí, da vida a un mandamás del ejército algo ido, exento de empatía hacia los humanos a los que lidera y obsesionado con una vendetta con cara de chimpancé llamada César.

Ambos papeles contrapuestos son los que, por un lado, equilibran la balanza entre la dualidad Humanidad/Simiandad —palabro que me acabo de inventar— y por otro nos enfrentan al problema de la involución humana dependiente de sus aspectos más primigenios. Esa gripe que está acabando con los seres humanos, además, presenta un nuevo síntoma: la pérdida de la voz y un estado que extrae el raciocinio a los infectados, es decir, los dota de la antigua personalidad animal. Con esta base, Matt Reeves nos atrapa en una perfecta amalgama creada a base de unificar una magnífica banda sonora —obra de Griffith Giaccino— con preciosos escenarios salvajes —bosque, desierto y montaña— por los que se pasea uno de los más extraordinarios CGI que yo he visto hasta el momento. La expresividad que hay en los ojos de los cinco monos protagonistas es tal, que solo con detenerte en ellos, puedes adivinar lo que sienten. Desde aquí mi más sincera felicitación a Andy Serkis —nominación al Oscar, ya— porque creo que sin su trabajo, esto no habría sido posible.

Por otro lado, la palabra «guerra» en el título, da lugar a confusión. La gente puede pensar que la película va a ser el Desembarco de Normandía pero con simios, y no. . Como mucho, «La escaramuza del planeta de los simios», si me apuráis. Porque ni de lejos está la población mundial en jaque, ni esta batalla es crucial para la supervivencia de ninguna de las dos especies. No sabemos qué sucede en los demás continentes ni tampoco si la enfermedad ha llegado a algún otro lugar. Las referencias a Apocalipsis Now están ahí, a la vista, incluso para los menos avispados —como un servidor— hay un juego de palabras durante una de las escenas, que deja más que claras esas referencias. El tono oscuro que impregna toda la obra, cuadra más con un western de calidad, que con una película bélica. Es más, los distintos elementos que aparecen —un toque de aventura, otro de suspense, un poco de cine de fugas, aquí una pizca de drama— la alejan aún más de un simple estilo de filme.

Como pega —más que pega, cagada absoluta y agujero de guión—, esa escena en laimage que un humano es atacado con un par de boñigas de mono… Y hasta aquí puedo escribir. Es el único error que he localizado y que no sé cómo ha podido escaparse en un libreto tan bien llevado en todos los aspectos.

En definitiva, un cierre de saga que hace justicia a las anteriores entregas y que mejora el producto original hasta cotas inimaginables. Eso sí, el final no se deja tan cerrado como a servidor le gustaría, lo que hace plantearme si en realidad se ha quedado así por alguna razón. Sea como sea, si le siguen dando el mando del guión a Matt Reeves y la interpretación de los simios a Serkis, pueden contar conmigo en la butaca del cine porque no pienso perderme ninguna de las dos, tres o seis películas que se hagan.

 

 

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