Siempre estuvo ahí

No puedo responder a la pregunta qué obra fue la que me acercó a la literatura “de género” eligiendo sólo una respuesta cuando yo siempre he sido letras y fantasía, si yo ya leía cuando se suponía que todavía no debía ser capaz de leer.

SpaceMar

Todo empezó con los cuentos clásicos, supongo, tan plagados de seres maravillosos, amables algunos y temibles otros, pero siempre habitando un terreno de irrealidad que me fascinaba. Por encima de todos ellos destacaba Alicia en el País de las Maravillas. Era lógico, yo no era una princesa encantada en un castillo, ni una hermosa joven maltratada deseando que le calzaran un zapatito de cristal o la despertasen con un beso. No, yo era una niña aventurera, como Alicia. Yo veía cosas como las que ella veía y leer sus historias era, ni más ni menos, estar en casa, saber que había más como yo. Después, también de la mano de Lewis Carrol, atravesé el espejo y a mi jardín ―mi infancia, en mi recuerdo siempre transcurre en mi jardín―, empezaron a llegar naipes y piezas de ajedrez que tomaban el té con encantadores sombrereros locos, conejos con chaleco y reinas que cortaban cabezas. También me sentía identificada con Caperucita, tan valiente que era capaz de atravesar el bosque sola. Y a mí siempre me han gustado los lobos y los bosques. Supongo que desde aquellos tiempos soy, en parte, una mezcla de Alicia, el Sombrerero y Caperucita. Los cuentos y los libros infantiles dieron pronto paso a las novelas de aventuras y mi vida se llenó de Julio Verne, de Sandokan, de submarinos, globos y transportes delirantes pero factibles, de viajes a lugares extraños. Mi favorita de Verne era “Viaje al centro de la Tierra”.  Me recuerdo siguiendo los pasos de los viajeros línea a línea, buscando en los mapas el volcán que serviría de puerta, planeando pasear algún día por un lugar así. También me fascinaban el Nautilus y las maravillosas posibilidades que ofrecía para conocer el misterioso fondo del mar. Siempre me han llamado la atención los inventos.

Mis padres y mis tíos alimentaban mi ansia de lectura y a mi biblioteca llegaban varios libros al mes, además de infinidad de tebeos. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Algo después llegó la ciencia ficción. “La guerra de las galaxias” encendía mi imaginación y sólo pensaba en tener mi propio Halcón Milenario ―Ay, ese especial de Mortadelo y Filemón―. En mi mente, y en mis cuadernos, todo esto que os cuento se convertía en pequeñas historias perdidas ya en el tiempo. Tenéis que entender que en aquellos años las cosas no siempre llegaban a la vez en todo el mundo y que tampoco nos llegaba todo, pero, por suerte, por una inmensa suerte, llegó a mis manos el libro de William. Kotzwinkle sobre la película de E.T. el extraterrestre.  No podéis ni imaginar las veces que lo leí, tantas que me sabía de memoria algunas de las escenas. Otro de los tesoros que llegó a mis manos fue el cómic de Alien, el octavo pasajero, otra revelación. Y sí, los conservo como los tesoros que son, por ser lo que son y por ser lo que son para mí.  Más o menos por esa época descubrí otro de mis grandes amores, las novelas pulp, que mi tío leía y lee con pasión. Sus favoritas eran las de vaqueros, pero yo me fui encargando de que pasasen por mis manos las de horror y ciencia ficción cuando bajaba al quiosco a cambiárselas. Al principio, las leía a escondidas porque era demasiado pequeña. Aún las amo, las recopilo y las leo. Fue emocionante conocer, con el tiempo, a algunos de sus autores. También llegó en seguida el gusto por el terror del maestro Stephen King y similares. Y nunca se fue, había llegado para quedarse. Al margen de todo lo que os cuento, y que está centrado en el “género”, yo siempre he leído y leo de todo, pero no viene a cuento desviarse del tema, así que seguimos. Pronto se abrieron las miras hacia otro tipo de historias y el realismo mágico impactó con fuerza en mi cerebro. Mastiqué con deleite la fantasía de Rulfo, García Márquez, Isabel Allende y algunos más. Descubrí a Asimov, Arthur C. Clarke, Italo Calvino, y otros tantos. 2001 veces leí 2001, una odisea espacial ―sí, yo siempre he sido de releer lo que me gusta― y El fin de la Eternidad. Y La fuga de Logan, El Exorcista y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Mi mente lectora se expandía por momentos y jamás se detuvo, en todo caso se fue mezclando cada vez más con otras artes, con el cine, con la televisión. Los mundos de fantasía épica y de espada y brujería llegaron a mi vida algo tarde, de la mano de Dragonlance, cuando ya había pisado todos los otros terrenos de la fantasía, el terror y la ciencia ficción, pero me reenganché con ganas. También llegó tarde mi amado Roald Dahl, cuando ya era bien adulta, aunque le idolatraba, sin saberlo aún, desde esa primera versión cinematográfica de la historia de Charlie Bucket y la fábrica de Willy Wonka. Y lo mismo pasó con la historia de la verde Elphaba Thropp ― Wicked: Memorias de una bruja mala, de Gregory Maguire―, que llegó a mi conocimiento muy tarde y de buenas manos y se ha quedado para siempre. De algunos autores, como Anne Rice o Clive Baker, no puedo ubicar su llegada, pero sí su permanencia. Y tengo que apuntar que hay fantasía más allá de los lugares en los que la soléis buscar, ¿acaso no lo son las historias de sirenas, como la de Glauka, protagonista de La vieja sirena de José Luis Sampedro? Ese es, por cierto, uno de mis libros favoritos. También la hay ―y mucha― en algunas obras del maestro José Saramago y otros tantos autores en los que nunca se piensa al hablar de este tema. En los últimos años han llegado a mi vida, con toda la fuerza del mundo, nombres como Neil Gaiman, por quien siento devoción absoluta, mi querido Guillem López o mis recién descubiertos China Mieville y Ted Chiang, entre otros muchos. Hoy en día sigo y seguiré navegando entre todo tipo de literatura, también tengo la oportunidad de verla entre bambalinas y hasta yo misma intento invadir cabezas ajenas con mis letras. Quién le iba a decir a esa niña que hablaba con las libélulas, como Alicia, que un día se convertiría en la yo que ahora soy y que nunca la iba a abandonar.

 

 

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