Los búhos nos vamos de cumple!

Los amigos son la familia que uno elige, y yo no puedo tener más suerte.

Muchas gracias por ser mi ohana.

Happy birthday to me!

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Pili

El buho feliz

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Amo a Gaiman

Estimado lector:

Es mi deber informarte de que desde la redacción de Los Búhos del Caos se coarta la libertad de expresión. Vale, tal vez sea solo MI libertad de expresión. Me explico:

Cuando se acordó la temática de este nuestro amado primer artículo, tuve la osadía de preguntar acerca de la extensión que debía tener el mismo y me dijeron que era libre. En ese momento les informé de que mi entrada solo tendría tres palabras: «Amo a Gaiman». No les pareció suficiente, así que, ahora, debes decidir:

Si tu opción es asumir que amo a Gaiman y vivir feliz con este dato para siempre, cierra tu navegador. Si, por el contrario, quieres conocer los pasos que me llevaron a ser un Búho del Caos, continúa tu lectura.

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No me acuerdo de cuándo aprendí a leer, ni cómo. Mi primer recuerdo al respecto es una canción que se inventó  mi padre y que decía «la eme con la a, dice ma; la eme con la e, dice me; la eme con la i, dice mi; la eme con la o, dice mo; la eme con la uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu, diiiiiiceeeeee muuuuuuuu» y así con todas las consonantes. Un grande, mi padre; y mi madre una santa por soportar horas y horas de viaje en coche con toda la familia berreando la cancioncita.

Lo siguiente fueron los cuentos que me compraba mi abuela en el kiosco de la playa. La condición era que hasta que no se acabase un cuento, no se compraba otro, pero esto sucedía tan a menudo que Isabel, la kiosquera, no se lo creía. Un día, al ir a comprar el tercer o cuarto cuento, me dijo que se los contara, y vaya si lo hice. Tanto le impresionaron a la buena mujer mis dotes narrativas, que decidió que los libritos se cambiaban y esa casetilla al pie del mar se convirtió para mí en una biblioteca de troquelados.

A los cinco o seis años llegó el martirio de mi padre. Yo ya pedía cosas muy por encima de mi edad, y para no arriesgarse a que cayera en mis manos algo inadecuado, él se lo leía todo antes que yo. TODO.

La serie naranja de Barco de Vapor la leí casi completa, con especial predilección por la trilogía de Eric Wilson formada por Asesinato en el “Canadian Express”, Terror en Winnipeg y Pesadilla en Vancouver. De la serie roja apenas leí nada porque casi todas las historias eran tristes. A pesar de todo, títulos como ¡Shhh… Esos muertos, que se callen!, La novia del bandolero y ¡Canalla, traidor, morirás! aún tienen su espacio en las baldas de mi memoria.

Terminado nuestro periplo navegante, dimos el salto a Alfaguara y Gran Angular, donde disfruté mucho de libros como No pidas sardina fuera de temporada y Lobo negro, un skin en la primera, y  Los filibusteros del uranio, Morirás en Chafarinas, En el pueblo del gato vampiro, El enigma del maestro Joaquín y Los escarabajos vuelan al atardecer en la segunda.

Más o menos por estas fechas fue cuando descubrí a Tolkien, pero es un terreno que no pisaré en presencia de dos Búhos eruditos y miembros de la STE —dudas y consultas al respecto, a ellos, por favor—. Y, tras la prueba de fuego tolkiendil, se obró el milagro y mi padre me abrió la puerta a su maravillosa colección de ciencia ficción. Fail. Pobre hombre. Creo que aún no entiende como no puedo adorar a Asimov, Bradbury y Clarke. Cosas de la vida, padre. Cosas de la vida.

Por aquí yo ya era una young adult, o una adult en toda regla y de esta época recuerdo algunas historias como Drácula, Carmilla, La Historiadora y otras obras de género antes de llegar a lo que yo denomino mi época Riceana, vamos, que me he leído casi todo lo que ha publicado Rice independientemente de si es sobre vampiros, ángeles, brujas o el mismísimo niño Jesús. Por cierto, Anne, guapi, si me estás leyendo, te recuerdo que tienes un par de trilogías inconclusas, ¿eh?. De nada.

Pero, sin duda, el mayor punto de inflexión en mi yo lector fue en el año 2010, cuando una jovencísima Tindriel me invitaba a ir con ella a la Semana Negra —la historia de ese viaje merece una entrada aparte— porque allí me di cuenta de la riqueza literaria que tenemos en este país.

Aunque después de ese viaje he leído autores extranjeros como Tim Powers o Suzanne Collins, debo reconocer que la mayor parte de lo que leo ahora tiene nombre español: Elia Barceló, Emilio Bueso, Juan Gómez Jurado, Eduardo Vaquerizo, José Antonio Cotrina y Darío Vilas y David Jasso son grandes autores para mí —aunque no todos tengan el reconocimiento que merecen—. Aprovecho para manifestar aquí mi deuda con Iria G. Parente y Selene M. Pascual, y con Guillem López, que no pueden faltar en esta pequeña selección aunque aún no haya tenido ocasión de leer sus obras.

En resumen, que amo a Gaiman, pero gracias a los Búhos censores, lector, te has quedado sin saber por qué. (Ahora es cuando te preguntas por qué no cerraste el maldito navegador cuando tuviste la oportunidad). Queda pendiente para próximas intervenciones.

Un abrazo

Pili, el Búho Invisible.