La humanidad en las pupilas. Obsesión Blade Runner.

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Hace unos días, utilizando como excusa el estreno de Blade Runner 2049, en Los Búhos del Caos hicimos un programa especial sobre el universo generado en torno a esta historia, que tiene sus raíces en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? De Philip K. Dick. Ante la pregunta: “Mar, empieza tú, ¿qué tienes que decir de Blade Runner?” ocurrió lo que tenía que ocurrir: colapsé. ¿Habéis sentido alguna vez que tenéis tantas cosas que decir de repente que sois incapaces de expresar cualquiera de ellas? Eso es lo que ocurre cuando algo está tan mezclado con uno mismo que es imposible diseccionarlo en frases sin haberlo pensado bien antes. Hay algunas películas ―y libros― que por alguna razón pasan a formar parte de nosotros más allá de lo bien hechas que estén. Tocan alguna fibra en nuestro interior y se aferran de tan forma que se quedan allí casi en forma de obsesión. A mí me pasa con algunas, no demasiadas. Si me preguntan si son mis favoritas, diré que sí, aunque sea consciente de que hay muchísimas que podrían superarlas en cuanto a calidad. Pues bien, Blade Runner, cumple los dos requisitos: está muy bien hecha y la llevo dentro desde siempre, hasta tal punto que, en ocasiones, al escribir se me escurren sus conceptos y personajes entre los dedos y quedan plasmados entre mis letras.

Cuando me enteré de que iban a hacer una secuela se me revolvió el estómago. ¿De verdad era necesaria esa blasfemia? ¿Se les había secado el cerebro a los guionistas y ya no tenían más que ofrecer que remakes y secuelas? Blade Runner ya había salido airosa ―y con honores― en su medio inventado nacimiento en el mundo del celuloide ―es uno de los pocos casos en que no sólo perdono el que la adaptación cinematográfica de un libro se tome tantas libertades narrativas, sino que me alegro por el resultado, a pesar de que la novela me gusta― y también de sus variados montajes, algunos más que olvidables, pero no confiaba ni una pizca en que nadie consiguiese siquiera acercarse al universo original con una secuela, que, además, tenía necesariamente que partir de lo que ya era en gran parte invención. En mi mente se perfilaba una separación tan brutal estilística y de contenido que no podía ni asumirlo. Pues bien, partiendo de la base de que me gustaría que jamás de los jamases se hubiese hecho Blade Runner 2049, me pareció digna y disfruté bastante en el cine. Una vez desconectado el resorte de la obsesión, me dispuse a verla como algo al margen de la original. Si no me gustaba, la guardaría en el cajón de la inexistencia, donde viven, entre otras, 2010, Odisea dos (¿llegó a haber una secuela de 2001, Odisea Espacial? ¡Nunca!). Los cortos previos al estreno que rellenan el hueco entre una película y la otra y nos cuentan lo que ha sucedido en esos treinta años ―si no los habéis visto, debéis hacerlo― ya me habían tranquilizado en parte. Aun así, fui al cine con bastante inquietud. No tardé en verme absorbida por una respetuosa continuación del universo original, una fotografía impresionante ―lo mejor de todo―, una banda sonora a ratos algo estridente, pero adecuada, una historia correcta en su mayor parte y algunos guiños a los fans de la primera que no acaban de convencer, pero que sirven de nexos de unión para generar cierto afecto por lo que se está viendo. En definitiva, una gran película que bebe de la original pero que está realizada al modo de este siglo.

Por suerte, algunos de mis temores eran incorrectos, Villeneuve continua con el concepto ―del que su precursora fue el primer ejemplo―  de que ciencia ficción no implica necesariamente infinitas escenas de acción. Es posible que esto ayude a que resulte una catástrofe en taquilla, pero yo se lo agradezco. De todos modos, por mucho que ahora sea tema de moda, Blade Runner nunca fue del interés de los espectadores en general, siempre fue una película de culto, una delicatessen para algunos, algo inaguantable para otros. No sé por qué su secuela tendría que ser más multitudinaria. Yo creo que su director ya partía de la idea de que era más una obra para ganar premios que dinero.

Una vez dicho esto, pasemos al momento de las críticas, porque sí, me ha gustado y, probablemente, si no existiese la original, me habría parecido estupenda, pero existe y ya se sabe que las comparaciones son odiosas. Para empezar, no encuentro en la secuela el alma de cine negro disfrazado de ciencia ficción de mi Blade Runner, esos planos lentos, contenidos, en los que Ridley Scott cuidó los juegos de luces y sombras y la posición de los personajes con el mimo del cine grabado en blanco y negro, esas escenas en las que una mirada cuenta una historia. Ese ritmo que sólo se da en algunas películas de los primeros años 80. Tampoco encuentro la estructura de contrastes que en la original va más allá de los planos, salvo, quizás, en la ambientación, mezcla de los antiguo y decadente con la tecnología más novedosa, pero que al ser rodada de otro modo pierde la magia. Esos edificios abandonados de la original, grandiosos, pero cercanos, que albergan elementos futuristas entre objetos que podrían ser de antes de ayer o de hoy mismo. Las recreaciones de Blade Runner 2049 son impresionantes, sí, pero lejanas. El hotel en Las Vegas, por ejemplo, es magnífico, pero no es cotidiano como el Edificio Bradbury, es casi como un sueño. Contrastes como esa maravillosa Daryl Hannah en su papel de la cyberpunk Pris frente a la sensual femme fatale clásica Rachel que interpreta la simpar Sean Young.

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Y no sé vosotros, pero yo veo algunos paralelismos que no acaban de estar logrados. No me convence el protagonista elegido, Ryan Gosling, inexpresivo más allá de su papel de replicante. No, por más que lo pretenda, no puede actuar como Harrison Ford, que hizo, en su papel de Deckard, en Blade Runner, una de las mejores actuaciones de su carrera. Su “expresividad contenida” no la consigue reproducir Gosling. Tampoco Luv (Sylvia Hoeks) es digna sucesora de Rachel en la comparación Wallace Corporation – Tyrell Corporation, aunque esta vez no es del todo culpa de la actriz. Ni lo es la prostituta a la que dan el aspecto de Pris, quizás para indicar que es un producto en serie, quizás para apelar al corazoncito de los fans. Y no quiero hacer spoilers, pero ningún replicante se morirá jamás tan bien como Roy Batty (Rutger Hauer) mientras cae agua del cielo.

 

Siguiendo con las actuaciones, Ana de Armas está estupenda en su papel de IA y Jared Leto no me acaba de encajar del todo bien. Me gustó más en el corto previo en que perfilan su personaje.

Habría mucho que decir, pero me estoy alargando, quizás otro día hable de las diferencias con la novela que da origen a todo el mundo de Blade Runner. Sí, creo que lo haré.

A modo de conclusión ―no busquéis objetividad en mis palabras―: Blade Runner es una obra maestra, Blade Runner 2049 no tendría que haber existido, pero es una secuela bastante digna y ojalá no haya más, aunque ese final anticipa una tercera. El tiempo me dará la razón. Lo sé.

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