“Antilista” de lo que más he disfrutado en 2017: Libros.

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2017 ha sido un año en el que no sólo he leído y visto películas y series como el resto de los años, sino que, además, os he ido hablando de muchos de ellos en Los búhos del caos ―los que se ajustan a la temática del programa―. Ahora que estrenamos año nuevo, me apetece hacer una pequeña recopilación de lo que más he disfrutado en el anterior. He decidido hacerlo en tres antilistas temáticas que amplían lo que ya comenté en el programa nº 10. La idea no es hablar de lo mejor sino de lo que más me ha gustado o de lo que más ha significado para mí por motivos diversos, lo que hace que sean absolutamente subjetivas.

La existencia de los búhos del caos ha hecho que mis lecturas “de género” se hayan incrementado y como consecuencia ―o aprovechando las circunstancias―, he llegado a autores que hasta ahora no había leído y he podido saborear en varias ocasiones el placer de catar por primera vez algo que gusta. Vamos allá ―conste que no están necesariamente por orden de preferencia―:

La Quinta Estación, de N.K. Jemisin (Nova, 2017): La visita a Madrid de la encantadora N. K. Jemisin fue todo un acontecimiento para el programa. No habíamos emitido ni un solo minuto y ya teníamos una entrevista con la ganadora de un Premio Hugo y finalista de varios premios importantes más. Fue un placer para los búhos el tiempo que nos dedicaron la autora, la editora Marta Rossich y Alex Paez, que nos ayudó a entender todo mejor y también lo fue el posterior encuentro con medios. Tras este momento remember, vamos a lo más importante: el libro. La Quinta Estación es la primera parte de una historia dividida en tres―Trilogía de la Tierra Fragmentada―. Y es una suerte, porque nada más acabarlo quería más. En unos días se publica la continuación traducida y yo lo espero con ganas. Jemisin es muy buena creando mundos, eso lo primero. En la novela recrea un lugar llamado Quietud en el que suceden continuos y violentos cambios geológicos. Los personajes principales, llamados orogenes, tienen la capacidad de controlar la energía de la tierra y sus movimientos, así que es fácil entender su importancia en un mundo con esas características.  La historia va asociada a una mitología que Jemisin crea a la perfección, igual que hace con los elementos de la vida cotidiana, la flora, la fauna y el resto de personajes. Y no contenta con todo esto, inventa los términos para definir los elementos que no tienen igual en nuestro mundo. Aquí quiero mencionar la labor del traductor, David Tejera, que adaptó con maestría ese vocabulario al castellano.

En resumen, es una novela que se lee con muchas ganas de principio a fin, que va envolviendo al lector en la historia, que a ratos juega con lo que estamos predispuestos a suponer y que tiene algunos giros bastante sorprendentes.

Arañas de Marte, de Guillem López (Valdemar, 2017): El día que Guillem y yo nos vimos por primera vez y me regaló su novela La polilla en la casa del humo (Aristas Martínez, 2016), me tocó un premio doble: conocerle y descubrir al que se ha convertido en uno de mis autores preferidos de los últimos tiempos. Antes de abrir Arañas de Marte, estaba convencida de que me iba a gustar. No podía ser de otra manera, sabía que Guillem me iba a dar algo que me encanta: una historia retorcida, oscura, impecablemente narrada y abierta a especulaciones. Lo que no sabía es que iba a tener todo eso llevado al extremo. Puro abismo hecho letras. Valencia, un futuro que no parece demasiado lejano, una pareja sufre el drama inmenso de perder a su hijo. A partir de ahí, realidad y ficción ―quizás un cúmulo de realidades diferentes― se entremezclan como una telaraña o una red neuronal. Ciencia ficción oscura y exquisita para paladares acostumbrados a deleitarse con el horror elegante que provoca la perturbadora sensación de la inestabilidad de la existencia que vivimos y de nuestra propia mente.

Las tres muertes de Fermín Salvochea, de Jesús Cañadas (Roca, 2017): Hacía tiempo que tenía pendiente leer a Jesús Cañadas más allá de algún relato suelto y la premisa de esta novela ―una mezcla de historia y elementos sobrenaturales― me resultaba muy atractiva. Y qué bien hice en leerla. La disfruté una barbaridad. Es una historia absorbente y muy entretenida que sucede entre las dos partes de Cádiz, la visible y la oculta, a finales del siglo XIX y principios del XX. Los sucesos se nos presentan desde la perspectiva de un grupo de niños extremadamente desfavorecidos ―pobres unos, huérfanos y pobres otros, maltratados de alguna forma casi todos― que se enfrentan a la resolución del misterio en torno a la muerte del alcalde Fermín Salvochea lo que les llevará a vivir una serie de aventuras y a conocer a muchos personajes peculiares. Los amantes de lo sobrenatural reconocerán a algunos lugares y personajes de la mitología de Cádiz y de otros lugares y los amantes de la Historia se encontrarán un retrato de la sociedad de la época. Yo la devoré.

Transcrepuscular, de Emilio Bueso (Gigamesh, 2017): Esta novela de Emilio Bueso ha sido otra de mis primeras veces. Llegó envuelta en cierta polémica por los formatos de edición, polémica que ―como ya dije en algún episodio de los búhos del caos― yo no acabo de entender. En mi opinión ―aunque no venga muy a cuento en este artículo―, cada editorial es libre de editar como mejor le parece y, puesto que no es obligatorio comprar, el lector puede decidir si lo quiere o no o si espera a otra edición. Recientemente ha salido en un formato más sencillo y a un precio muy bueno, pero yo estoy feliz de tener una edición preciosa con una de mis amadas libélulas en su portada. Transcrepuscular es una road movie literaria en la que unos personajes que representan a los diferentes estratos en los que está fuertemente dividida la sociedad en función de motores que no nos son nada ajenos ―religión, política y economía―, se ven abocados a realizar un viaje en busca de un objeto valioso que ha sido robado. Bueso hace un magnífico trabajo de worldbuilding, recreando un escenario cuyos habitantes conviven con extrañas y gigantescas especies vegetales y todavía más extraños y gigantescos insectos y moluscos, con los que llegan a unirse en una simbiosis que les otorga ciertos poderes. Os advierto una cosa, el final os va a dejar de piedra y queriendo más. Es la primera parte de una trilogía. A esperar la segunda con ganas.

-Los últimos días de Nueva París, de China Mieville (Nova, 2017): Un genio que aún no había descubierto y que me dejó boquiabierta este año es China Mieville. Esta novela trata de guerra y Surrealismo. Parece simple pero no lo es: cuando digo Surrealismo me refiero a todo un universo en el que autores y obras de arte conviven ―literalmente, ya que las obras de arte cobran entidad más allá de su propia esencia de obra artística y se convierten en personajes de la novela― con soldados y grupos de resistencia en una ciudad de París muy diferente de la que conocemos. El que sepa un poco de arte ―como es mi caso― se emocionará al descubrir algunas obras cumbre de la época caminando por las calles de la ciudad, pero tranquilos, el libro incluye un glosario en el que explican todo, para que cualquiera pueda entender la gracia y la originalidad extrema del argumento.

Este año han llegado a mis manos y mis ojos otros libros maravillosos que no pienso resistirme a mencionar sólo por haber sido editados en otros años.

– Los Tejedores de Cabellos, de Andreas Eschbach (Bibliópolis, 2004): Esta novela fue todo un descubrimiento y estoy segura de que es una obra que gustará a cualquiera que tenga la suerte de que caiga en sus manos. Se trata de una historia aparentemente fantástica que por momentos se va deslizando hacia la ciencia ficción, en la que acaba totalmente asentada. Está narrada de una forma ágil, precisa, con un ritmo que incita a no parar y el mundo que describe es tan sorprendente que no te dejará hacerlo: en un planeta árido con una sociedad aparentemente anticuada, encontramos que existe una casta de artesanos llamados tejedores de cabellos. En sus familias sólo puede haber un hombre y un único hijo varón. El hombre tiene varias esposas, concubinas e hijas. La vida entera del tejedor está destinada a tejer una alfombra con el cabello de los miembros femeninos de la familia, alfombra que venderá al final de su vida, pasando el puesto a su único hijo varón. El destino de estas alfombras no se sabrá hasta mucho más adelante, cuando ya estemos sumergidos en una obra puramente de ciencia ficción, con naves, planetas, etc. La mezcla de tecnología con elementos que parecen sacados de la edad media, aparatos, máquinas y naves de diferentes tipos, algunos avanzadísimos y otros casi steampunk, el toque pulp que tiene en algunos capítulos y otros muchos matices la convierten en una delicia que debe ser leída sí o sí.

-El cuento de la criada, de Margaret Atwood (Bruguera, 2008): También hay una edición de Salamandra de 2017. No puedo comparar el libro con la serie porque debo ser la única persona que aún no la ha visto, pero como sea la mitad de buena que el libro, tiene que merecer mucho la pena. En esta obra, que originariamente es de los primeros 80, Margaret Atwood muestra una distopía escalofriante, una dictadura amparada en la religión en la que las mujeres han quedado relegadas a un papel de mínima importancia en la sociedad. La natalidad ha descendido tanto que las pocas que son fértiles son incluidas en un grupo destinado a engendrar los hijos que las esposas de los gobernantes no pueden tener. La historia nos la cuenta una de esas mujeres, cuya libertad es mínima en todos los aspectos de su vida. Las de su grupo social no pueden relacionarse con el resto de la gente de forma normal, deben llevar una vestimenta concreta y someterse a una serie de rituales. Lo verdaderamente aterrador es que mientras leía esta historia no dejaba de pensar en casos como el de Irán, donde las modernas mujeres que en los 70 lucían minifaldas tan cortas como cualquier occidental, hoy en día viven anuladas, tapadas y sometidas a un régimen horrible de falta de libertad. Leer es a veces el primer paso para cambiar cosas o para no llegar a ellas.

La historia de tu vida, de Ted Chiang (Alamut, 2015): Después de leer esta recopilación de relatos, sólo puedo pensar que Ted Chiang es un maestro. Cada relato es diferente entre sí, pero todos rebosan originalidad y buen hacer a la hora de narrar las historias. En el cuento que da nombre al libro está basada la película La llegada (Denis Villeneuve, 2016). Este relato, en el que Ted Chiang reflexiona sobre la importancia del lenguaje en la creación de todos los aspectos de la realidad, incluido el tiempo ―un tema que me fascina y que ha sido estudiado por antropólogos y lingüistas―, es sublime pero el resto no se queda a la zaga. Nos encontraremos en sus páginas con los constructores de la Torre de Babel, con golems, científicos, metahumanos y muchos más temas con un denominador común: hacen pensar. Y mucho. Sin apenas darse cuenta, el lector acabará planteándose un montón de cosas. Estoy hablando de él y ya me han entrado ganas de releerlo. Con eso lo digo todo.

-El estado natural de las cosas, de Alejandro Morellón (Caballo de Troya, 2016): Los que me conocéis sabéis de sobra que yo siempre me quejo de que en este país el cuento es considerado como el hermano pequeño de la novela y que a la mínima oportunidad reivindico que se iguale en importancia. Por eso ―y por muchos otros motivos― que un amigo gane el prestigioso Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, otorgado por el Ministerio de Cultura de Colombia, es un motivo grande de felicidad. Y además es un premio que Alejandro Morellón y su recopilación de relatos El estado natural de las cosas merecen de sobra. Seis cuentos, una casi nouvelle y un misterio en torno al término ehio en los que el autor juega a atrapar momentos de la vida cotidiana de cualquiera y a introducir en ellos un elemento fantástico, extraño y discordante que lo cambie todo: gentes adorando a un huracán, un testículo enterrado con honores de persona completa, un hombre que vive en el techo de su casa ―aún recuerdo la primera vez que me habló de este cuento y me maravilló lo kafkiano del argumento―, risas que trascienden su propia importancia…

Al mismo tiempo que modifica la trayectoria vital de los personajes con pericia de demiurgo, Alejandro Morellón condiciona al lector a hacerse preguntas del tipo: ¿Merece la pena renunciar a algo importante por dinero?, ¿Cambia el amor si cambian las circunstancias? Y en lo profundo, nos lleva a plantearnos quiénes somos en realidad si nos despojan de nuestras circunstancias y nos visten con otras.

Una de las cosas que más me gustan de Morellón es que satisface mi tendencia a amar lo inclasificable. Al leer sus relatos me encuentro en casa, rodeada de una nube de realismo mágico, tomando café con Cortázar, Kafka y Shirley Jackson al tiempo que disfruto del surrealismo costumbrista de las películas de Cuerda, del humor del autor, de una fina crítica social que asoma entre las líneas y un delicioso absurdo existencial. Delicatessen.

Y más allá de todas estas recomendaciones, no quiero dejar de mencionar estas otras obras que también me parecen más que recomendables ―de algunas ya hablé en el programa de radio―: Montaña rusa, de Fernando López Guisado (Vitruvio, 2016), Los príncipes de la marea de Daniel Pérez Navarro (Cerbero, 2017), Material sensible de Neil Gaiman (Salamandra, 2106), El sueño de Fevre, de George R. R. Martin (Gigamesh, 2009).

Felices lecturas.

Mar Goizueta.

*Mi principal suministrador de vicios lectores de fantasía, terror y ciencia ficción es la librería Cyberdark. Ahí podéis encontrar casi todos o todos los libros que os he recomendado.

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La humanidad en las pupilas. Obsesión Blade Runner.

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Hace unos días, utilizando como excusa el estreno de Blade Runner 2049, en Los Búhos del Caos hicimos un programa especial sobre el universo generado en torno a esta historia, que tiene sus raíces en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? De Philip K. Dick. Ante la pregunta: “Mar, empieza tú, ¿qué tienes que decir de Blade Runner?” ocurrió lo que tenía que ocurrir: colapsé. ¿Habéis sentido alguna vez que tenéis tantas cosas que decir de repente que sois incapaces de expresar cualquiera de ellas? Eso es lo que ocurre cuando algo está tan mezclado con uno mismo que es imposible diseccionarlo en frases sin haberlo pensado bien antes. Hay algunas películas ―y libros― que por alguna razón pasan a formar parte de nosotros más allá de lo bien hechas que estén. Tocan alguna fibra en nuestro interior y se aferran de tan forma que se quedan allí casi en forma de obsesión. A mí me pasa con algunas, no demasiadas. Si me preguntan si son mis favoritas, diré que sí, aunque sea consciente de que hay muchísimas que podrían superarlas en cuanto a calidad. Pues bien, Blade Runner, cumple los dos requisitos: está muy bien hecha y la llevo dentro desde siempre, hasta tal punto que, en ocasiones, al escribir se me escurren sus conceptos y personajes entre los dedos y quedan plasmados entre mis letras.

Cuando me enteré de que iban a hacer una secuela se me revolvió el estómago. ¿De verdad era necesaria esa blasfemia? ¿Se les había secado el cerebro a los guionistas y ya no tenían más que ofrecer que remakes y secuelas? Blade Runner ya había salido airosa ―y con honores― en su medio inventado nacimiento en el mundo del celuloide ―es uno de los pocos casos en que no sólo perdono el que la adaptación cinematográfica de un libro se tome tantas libertades narrativas, sino que me alegro por el resultado, a pesar de que la novela me gusta― y también de sus variados montajes, algunos más que olvidables, pero no confiaba ni una pizca en que nadie consiguiese siquiera acercarse al universo original con una secuela, que, además, tenía necesariamente que partir de lo que ya era en gran parte invención. En mi mente se perfilaba una separación tan brutal estilística y de contenido que no podía ni asumirlo. Pues bien, partiendo de la base de que me gustaría que jamás de los jamases se hubiese hecho Blade Runner 2049, me pareció digna y disfruté bastante en el cine. Una vez desconectado el resorte de la obsesión, me dispuse a verla como algo al margen de la original. Si no me gustaba, la guardaría en el cajón de la inexistencia, donde viven, entre otras, 2010, Odisea dos (¿llegó a haber una secuela de 2001, Odisea Espacial? ¡Nunca!). Los cortos previos al estreno que rellenan el hueco entre una película y la otra y nos cuentan lo que ha sucedido en esos treinta años ―si no los habéis visto, debéis hacerlo― ya me habían tranquilizado en parte. Aun así, fui al cine con bastante inquietud. No tardé en verme absorbida por una respetuosa continuación del universo original, una fotografía impresionante ―lo mejor de todo―, una banda sonora a ratos algo estridente, pero adecuada, una historia correcta en su mayor parte y algunos guiños a los fans de la primera que no acaban de convencer, pero que sirven de nexos de unión para generar cierto afecto por lo que se está viendo. En definitiva, una gran película que bebe de la original pero que está realizada al modo de este siglo.

Por suerte, algunos de mis temores eran incorrectos, Villeneuve continua con el concepto ―del que su precursora fue el primer ejemplo―  de que ciencia ficción no implica necesariamente infinitas escenas de acción. Es posible que esto ayude a que resulte una catástrofe en taquilla, pero yo se lo agradezco. De todos modos, por mucho que ahora sea tema de moda, Blade Runner nunca fue del interés de los espectadores en general, siempre fue una película de culto, una delicatessen para algunos, algo inaguantable para otros. No sé por qué su secuela tendría que ser más multitudinaria. Yo creo que su director ya partía de la idea de que era más una obra para ganar premios que dinero.

Una vez dicho esto, pasemos al momento de las críticas, porque sí, me ha gustado y, probablemente, si no existiese la original, me habría parecido estupenda, pero existe y ya se sabe que las comparaciones son odiosas. Para empezar, no encuentro en la secuela el alma de cine negro disfrazado de ciencia ficción de mi Blade Runner, esos planos lentos, contenidos, en los que Ridley Scott cuidó los juegos de luces y sombras y la posición de los personajes con el mimo del cine grabado en blanco y negro, esas escenas en las que una mirada cuenta una historia. Ese ritmo que sólo se da en algunas películas de los primeros años 80. Tampoco encuentro la estructura de contrastes que en la original va más allá de los planos, salvo, quizás, en la ambientación, mezcla de los antiguo y decadente con la tecnología más novedosa, pero que al ser rodada de otro modo pierde la magia. Esos edificios abandonados de la original, grandiosos, pero cercanos, que albergan elementos futuristas entre objetos que podrían ser de antes de ayer o de hoy mismo. Las recreaciones de Blade Runner 2049 son impresionantes, sí, pero lejanas. El hotel en Las Vegas, por ejemplo, es magnífico, pero no es cotidiano como el Edificio Bradbury, es casi como un sueño. Contrastes como esa maravillosa Daryl Hannah en su papel de la cyberpunk Pris frente a la sensual femme fatale clásica Rachel que interpreta la simpar Sean Young.

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Y no sé vosotros, pero yo veo algunos paralelismos que no acaban de estar logrados. No me convence el protagonista elegido, Ryan Gosling, inexpresivo más allá de su papel de replicante. No, por más que lo pretenda, no puede actuar como Harrison Ford, que hizo, en su papel de Deckard, en Blade Runner, una de las mejores actuaciones de su carrera. Su “expresividad contenida” no la consigue reproducir Gosling. Tampoco Luv (Sylvia Hoeks) es digna sucesora de Rachel en la comparación Wallace Corporation – Tyrell Corporation, aunque esta vez no es del todo culpa de la actriz. Ni lo es la prostituta a la que dan el aspecto de Pris, quizás para indicar que es un producto en serie, quizás para apelar al corazoncito de los fans. Y no quiero hacer spoilers, pero ningún replicante se morirá jamás tan bien como Roy Batty (Rutger Hauer) mientras cae agua del cielo.

 

Siguiendo con las actuaciones, Ana de Armas está estupenda en su papel de IA y Jared Leto no me acaba de encajar del todo bien. Me gustó más en el corto previo en que perfilan su personaje.

Habría mucho que decir, pero me estoy alargando, quizás otro día hable de las diferencias con la novela que da origen a todo el mundo de Blade Runner. Sí, creo que lo haré.

A modo de conclusión ―no busquéis objetividad en mis palabras―: Blade Runner es una obra maestra, Blade Runner 2049 no tendría que haber existido, pero es una secuela bastante digna y ojalá no haya más, aunque ese final anticipa una tercera. El tiempo me dará la razón. Lo sé.

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Siempre estuvo ahí

No puedo responder a la pregunta qué obra fue la que me acercó a la literatura “de género” eligiendo sólo una respuesta cuando yo siempre he sido letras y fantasía, si yo ya leía cuando se suponía que todavía no debía ser capaz de leer.

SpaceMar

Todo empezó con los cuentos clásicos, supongo, tan plagados de seres maravillosos, amables algunos y temibles otros, pero siempre habitando un terreno de irrealidad que me fascinaba. Por encima de todos ellos destacaba Alicia en el País de las Maravillas. Era lógico, yo no era una princesa encantada en un castillo, ni una hermosa joven maltratada deseando que le calzaran un zapatito de cristal o la despertasen con un beso. No, yo era una niña aventurera, como Alicia. Yo veía cosas como las que ella veía y leer sus historias era, ni más ni menos, estar en casa, saber que había más como yo. Después, también de la mano de Lewis Carrol, atravesé el espejo y a mi jardín ―mi infancia, en mi recuerdo siempre transcurre en mi jardín―, empezaron a llegar naipes y piezas de ajedrez que tomaban el té con encantadores sombrereros locos, conejos con chaleco y reinas que cortaban cabezas. También me sentía identificada con Caperucita, tan valiente que era capaz de atravesar el bosque sola. Y a mí siempre me han gustado los lobos y los bosques. Supongo que desde aquellos tiempos soy, en parte, una mezcla de Alicia, el Sombrerero y Caperucita. Los cuentos y los libros infantiles dieron pronto paso a las novelas de aventuras y mi vida se llenó de Julio Verne, de Sandokan, de submarinos, globos y transportes delirantes pero factibles, de viajes a lugares extraños. Mi favorita de Verne era “Viaje al centro de la Tierra”.  Me recuerdo siguiendo los pasos de los viajeros línea a línea, buscando en los mapas el volcán que serviría de puerta, planeando pasear algún día por un lugar así. También me fascinaban el Nautilus y las maravillosas posibilidades que ofrecía para conocer el misterioso fondo del mar. Siempre me han llamado la atención los inventos.

Mis padres y mis tíos alimentaban mi ansia de lectura y a mi biblioteca llegaban varios libros al mes, además de infinidad de tebeos. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Algo después llegó la ciencia ficción. “La guerra de las galaxias” encendía mi imaginación y sólo pensaba en tener mi propio Halcón Milenario ―Ay, ese especial de Mortadelo y Filemón―. En mi mente, y en mis cuadernos, todo esto que os cuento se convertía en pequeñas historias perdidas ya en el tiempo. Tenéis que entender que en aquellos años las cosas no siempre llegaban a la vez en todo el mundo y que tampoco nos llegaba todo, pero, por suerte, por una inmensa suerte, llegó a mis manos el libro de William. Kotzwinkle sobre la película de E.T. el extraterrestre.  No podéis ni imaginar las veces que lo leí, tantas que me sabía de memoria algunas de las escenas. Otro de los tesoros que llegó a mis manos fue el cómic de Alien, el octavo pasajero, otra revelación. Y sí, los conservo como los tesoros que son, por ser lo que son y por ser lo que son para mí.  Más o menos por esa época descubrí otro de mis grandes amores, las novelas pulp, que mi tío leía y lee con pasión. Sus favoritas eran las de vaqueros, pero yo me fui encargando de que pasasen por mis manos las de horror y ciencia ficción cuando bajaba al quiosco a cambiárselas. Al principio, las leía a escondidas porque era demasiado pequeña. Aún las amo, las recopilo y las leo. Fue emocionante conocer, con el tiempo, a algunos de sus autores. También llegó en seguida el gusto por el terror del maestro Stephen King y similares. Y nunca se fue, había llegado para quedarse. Al margen de todo lo que os cuento, y que está centrado en el “género”, yo siempre he leído y leo de todo, pero no viene a cuento desviarse del tema, así que seguimos. Pronto se abrieron las miras hacia otro tipo de historias y el realismo mágico impactó con fuerza en mi cerebro. Mastiqué con deleite la fantasía de Rulfo, García Márquez, Isabel Allende y algunos más. Descubrí a Asimov, Arthur C. Clarke, Italo Calvino, y otros tantos. 2001 veces leí 2001, una odisea espacial ―sí, yo siempre he sido de releer lo que me gusta― y El fin de la Eternidad. Y La fuga de Logan, El Exorcista y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Mi mente lectora se expandía por momentos y jamás se detuvo, en todo caso se fue mezclando cada vez más con otras artes, con el cine, con la televisión. Los mundos de fantasía épica y de espada y brujería llegaron a mi vida algo tarde, de la mano de Dragonlance, cuando ya había pisado todos los otros terrenos de la fantasía, el terror y la ciencia ficción, pero me reenganché con ganas. También llegó tarde mi amado Roald Dahl, cuando ya era bien adulta, aunque le idolatraba, sin saberlo aún, desde esa primera versión cinematográfica de la historia de Charlie Bucket y la fábrica de Willy Wonka. Y lo mismo pasó con la historia de la verde Elphaba Thropp ― Wicked: Memorias de una bruja mala, de Gregory Maguire―, que llegó a mi conocimiento muy tarde y de buenas manos y se ha quedado para siempre. De algunos autores, como Anne Rice o Clive Baker, no puedo ubicar su llegada, pero sí su permanencia. Y tengo que apuntar que hay fantasía más allá de los lugares en los que la soléis buscar, ¿acaso no lo son las historias de sirenas, como la de Glauka, protagonista de La vieja sirena de José Luis Sampedro? Ese es, por cierto, uno de mis libros favoritos. También la hay ―y mucha― en algunas obras del maestro José Saramago y otros tantos autores en los que nunca se piensa al hablar de este tema. En los últimos años han llegado a mi vida, con toda la fuerza del mundo, nombres como Neil Gaiman, por quien siento devoción absoluta, mi querido Guillem López o mis recién descubiertos China Mieville y Ted Chiang, entre otros muchos. Hoy en día sigo y seguiré navegando entre todo tipo de literatura, también tengo la oportunidad de verla entre bambalinas y hasta yo misma intento invadir cabezas ajenas con mis letras. Quién le iba a decir a esa niña que hablaba con las libélulas, como Alicia, que un día se convertiría en la yo que ahora soy y que nunca la iba a abandonar.