La chica de al lado de Jack Ketchum

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Imaginad una manzana roja, brillante, como la que la bruja le ofrece a Blancanieves en el cuento del mismo nombre. Visualizad esa imagen por un momento, en una fuente de cristal y rodeada de otras diez de ellas. Apetecible, ¿verdad? Ahora, en vuestro frutero imaginario, probad a introducir otra manzana, esta vez podrida y arrugada. Haced un time-lapse mental, como en uno de esos vídeos documentales en los que los días se suceden en cuestión de segundos. Ahora sustituid manzanas por personas, como hizo Ana Botella en su momento y tendréis una perfecta analogía del libro que vamos a tratar.

Años cincuenta. Un pueblo cualquiera en Estados Unidos. Un grupo de casas alberga la vida diaria de un vecindario de lo más normal. Béisbol, cerveza, cigarrillos Chesterfields y marsmallows a la luz de las hogueras. Todo cambia cuando Meg y su hermana pequeña Susan, sufren un accidente de coche en el que sus padres mueren y aterrizan en el hogar de los Chandler. La apacible vida de los chicos del barrio y de las dos recién llegadas cambiará para siempre en un giro casual de los acontecimientos.

 Como muchas veces he comentado, soy un amante de la literatura de terror y un ferviente admirador de la novela de género. Sin embargo, por cosas que ni yo logro a comprender, aún no me he encontrado con ningún libro que fuese capaz de removerme los intestinos por culpa del miedo escondido entre sus páginas. Sí, me he topado con escenas terroríficas que, si me pasaran en el mundo real, me obligarían a hacerme un ovillo y chuparme el pulgar como un niño de teta, pero al estar escritas en tinta, ni fu ni fa. Nada que ver con el cine de esta misma temática, del que me alejo todo lo que puedo a no ser que la película en cuestión me la hayan recomendado con fervor, porque lo paso realmente mal.

El caso es que desde hace ya un par de años, venía escuchando tanto en redes como en tertulias literarias que La chica de al lado de Jack Ketchum (Nueva Jersey, 1964-Nueva York, 2018) era probablemente uno de los peores libros que podías echarte al coleto en 450_1000cuanto a este género se refiere. Curiosamente, hace unas semanas, pregunté en redes sobre novelas que dieran verdadero terror y esta fue una de las más nombradas. En lo que la mayoría estuvo de acuerdo era que, más que acongojarte, la historia de sus protagonistas, Meg y David, te revolvía las tripas. Fue por ello que tomé la decisión de, en cuanto terminase con lo que tenía entre manos, me pondría con ella.

La cogí a ciegas, sin saber nada de lo que me iba a encontrar. No leí la sinopsis, tampoco las reseñas, no pregunté a nadie sobre el argumento; tan solo me senté en el metro, abrí la primera página y comencé a leer. Empezaba muy bien. Una narración en primera persona en la que David, el principal protagonista, se marca un monólogo de lo más convincente acerca de lo que es el dolor. Desde el principio entiendes que algo chungo ha debido de sucederle en el pasado; dos páginas y sabes que lo que le pasó hace más de treinta años fue determinante para el devenir de su vida. Y no, no te equivocas.

Tras este inicio, el autor retrocede treinta años atrás hasta la infancia de David y le coloca sobre una roca en medio de un río, recogiendo cangrejos y conociendo por primera vez a Meg, co-protagonista absoluta de la trama. Una conversación banal, una cicatriz en un brazo y parece que el primer amor de verano para David está a a punto de sucederse.

Sin utilizar ningún recurso sobrenatural, solo con las peripecias de unos críos cuyas personalidades recuerdan a los muchachos de It o Cuenta conmigo de Stephen King en un entorno rural similar al de las novelas anteriormente mencionadas, el autor describe de forma cruda y directa cómo es la vida en un pueblecito del interior americano recién salido de la guerra. Allí hay poco que hacer más allá de jugar al pilla-pilla, cazar imagescangrejos en el río o tirarse piedras y descalabrarse unos a otros. Ya sabéis, como en España en los ochenta pero sin Franco. De hecho, Ketchum tiene una gran virtud a la hora de poner en escena todo lo que sucederá más adelante, y es gracias a las inexistentes descripciones de sus emplazamientos. No le hace falta convencer al lector de lo que rodea a los personajes porque estos son tan claros que todo lo demás es accesorio.

La elección del narrador en primera persona es un verdadero acierto. Os preguntaréis por qué. Todo lo que se narra en la novela ha sucedido treinta años atrás, pero David decide contarlo en ese momento, a modo de expiación. Por un lado extrae de la «confesión» cualquier tipo añadido infantil que podría haber dado lugar en el momento en el que sucedió, pero por otro aporta si cabe más crudeza a lo que nos cuenta al tener la visión adulta del momento en el que lo cuenta. Eso le permite tener lagunas en su historia, ahorrarse las partes que no le interesan o dotar de mayor sinceridad a lo que ha visto. Sin embargo, cuando la acción se ha vuelto desenfrenada y el lector ya está atrapado, capítulos que empiezan o acaban con párrafos como el que copio a continuación, hacen que te atrapen en la misma situación en la que se encuentra su yo del pasado:

No voy a contaros esto.

Me niego.

 Hay cosas que morirías antes de contarlas, cosas que

sabes que deberías haber muerto antes de verlas.

 Yo observé y lo vi.

Confesiones como esta hacen que lo que se cuenta se convierta en algo más turbio aún, lleno de aristas, de detalles que, aunque no aparezcan, puede rellenar el lector con la imaginación. Como podéis ver, estoy intentando no contar nada de lo que pasa en la trama porque creo que, para afrontarla, es necesario llegar lo más «virgen» posible a la lectura.

Si entramos de lleno en el tema de trasfondo, veremos que Ketchum aborda la maldad humana sin cortapisas, yendo directo al grano. Sí, quiere hablar sobre el maltrato, la fragilidad del sistema de adopciones o incluso de los problemas derivados de las girl next door ketchum leisure 2005comunidades pequeñas y cerradas. Pero sin duda, la maldad porque sí, es lo que fascina al autor. Cómo una manzana podrida puede infectar a todas las que la rodean en un tiempo relativamente corto, convirtiendo a inocentes niños en verdaderas máquinas de hacer daño. El mal por el mal, simple y llanamente.

Igual que sucede con la piratería en España, en ocasiones, el ser humano actúa con malicia porque puede hacerlo, sin excusas. Mediante el avance de los días en la residencia de los Chandler, veremos ese cambio progresivo en el grupo de chavales, de jugar con simples colonias de hormigas a utilizar los métodos más imaginativos para causar dolor en un semejante. Os preguntaréis muchas veces el por qué llegan a esas cotas de repugnancia mientras estéis allí con ellos y siempre obtendréis la misma respuesta: porque pueden.

Decía el escritor y filósofo Edmund Burke que para que el mal triunfase solo hacía falta un hombre bueno que no hiciese nada al respecto. Aquí veremos un ejemplo perfecto encarnado en el protagonista, David. Y quizá esta sea una de las cosas que menos me gustan de la novela, al menos en cuanto a la credibilidad de la misma. Es cierto que el muchacho explica las razones por las cuales se comporta de esta manera, pero a mí no acaban de convencerme. Al principio, las fechorías no son más que gamberradas un poco pasadas de vueltas y puedo entender que el muchacho se mantenga al margen como mero espectador. Pero llega un momento en el que su inactividad irrita al lector, sobre todo por la gestión que hace más adelante de los sucesos. Desde que se inicia la vorágine de violencia, tengo la sensación de que el chico sufre de una psicopatía enervante de la cual no hablan en toda la novela.

Si he de poner alguna pega a la novela, además de lo anteriormente mencionado, es la pésima traducción y edición de la misma. La Factoría (Fechoría, como dirí

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a nuestro Barbas) de Ideas, bien conocida por los lectores de género en nuestro país por sus desastrosas traducciones, hizo gala de sus peores hábitos dejando en las librerías un despropósito de texto lleno de erratas y frases que se contradicen en demasiadas ocasiones y que hacen pensar que todas las leyendas que se cuentan sobre ella, son ciertas.

Más allá de eso, la novela es una puta maravilla que nadie debería perderse si quiere corroborar ese dicho de «la realidad siempre supera a la ficción» porque, por increíble que parezca, el señor Ketchum no hace más que adaptar a novela el caso real ocurrido en Indiana cuyo nombre en clave para la búsqueda es Sylvia Likens. Por si cuando acabéis con la ficción queréis saber algo más de la realidad.

 

 

 

 

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Semana Gótica de Madrid: Mesa redonda sobre Lovecraft y la influencia del Horror Cósmico en los autores españoles

IMG_2436Como ya comentamos ayer por las redes, Los Búhos del Caos nos acercamos al Museo del Romanticismo para asistir a la II entrega de los Premios Le Fanu que otorga la Semana Gótica de Madrid desde el año 2016. Los galardonados en esta ocasión fueron Juan Ramón Biedma, Rafael Llopis y Ramsey Campbell. Tras escuchar un breve discurso por parte de los galardonados —En el caso de Llopis, el speech corrió a cargo de Alberto Ávila Salazar, ya que el primero no pudo acudir por motivos de salud. Asímismo, Ramsey Campbell tampoco pudo acercarse a recoger su galardón, pero al menos nos regaló un pequeño mensaje de agradecimiento que la propia organización nos mostró mediante una breve proyección—, se dio un pequeño descanso a los allí presentes para, a continuación, continuar con el plato fuerte de la noche: La influencia del horror cósmico en los escritores españoles de la actualidad; una mesa redonda en la que participaron el galardonado Juan Ramón Biedma, los autores Ismael Martínez Biurrun y Alberto López Aroca, los editores Javier Jiménez Barco (Barsoon y Costas de Carcosa) y Pablo Mazo (editor de Salto de Página), y Oscar Mariscal (articulista y traductor especializado en literatura fantastica y de ciencia ficción).

A modo de introducción, Óscar Mariscal comenzó con un extenso e interesantísimo speech dedicado a Lovecraft y, con una rigurosidad absoluta, desmenuzó los orígenes e inicios literarios del autor, deteniéndose en las diferentes publicaciones y en los giros y recorridos que dieron los cuentos de este a lo largo de su vida. Nos contó cómo Howard Phillips Lovecraft —por si algún lector rezagado aún no sabe qué significaban las siglas H.P.L (no, no significan Hewlett Packard)— era capaz de desarrollar todo un cuento alrededor de una simple idea esbozada en el margen de una hoja, o de qué forma se había descubierto en los últimos años que muchos cuentos que obraban a cargo de otros autores —clasificados como Colaboraciones—, en realidad estaban escritos casi por completo por este, aunque él nunca aceptó reconocer este hecho. Todo ello se ha descubierto gracias a la infinidad de correspondencia que permanece a buen recaudo, que, según los expertos, pudo ascender a más de cien mil de ellas. ¿Os imagináis la cantidad de información interesante que se ha podido extraer de semejante archivo documental?

Tras esta larga introducción, el primero en tomar la palabra fue Ismael. Comentó lo curioso que le resultaba que, a pesar del evidente estilo recargado de Lovecraft y lo difícil que puede resultar para algunos su lectura, al final, casi todos los lectores que se acaban enamorando de su obra, son conscientes de las carencias de su escritura pero, sin embargo, acaban fascinados por lo que rodea a cada uno de sus escritos, y casi nadie es capaz a día de hoy de igualar ese tándem entre “deficiencia” —por catalogarlo de alguna manera— literaria y fascinación de la maravilla. Además, comentó cómo cada uno de sus cuentos, rebuscando mucho entre sus letras y haciendo un fuerte ejercicio de empatía hacia el autor, siempre guardan ese mensaje subliminal al respecto de la ininteligibilidad de los dioses cósmicos y el fracaso de la razón humana ante esos seres primigenios venidos del «vete a saber dónde»; una fórmula que repite una y otra vez pero que fusiona a la perfección.

Cuando Ismael le dio la palabra a Pablo, este nos habló de la maravillosa locura que supuso trabajar como editor con algunos autores y de la experiencia que vivió al hacerlo con Emilio Bueso. Le concedió el honor de ser uno de los mejores, si no el mejor autor con el que ha trabajado, y definió su mente como «un parque de atracciones demencial dirigido por el Joker». Además habló de Extraños EonesEdiciones Valdemar, 2014— como una muy buena novela que sabe coger la cosmogonía del mejor Lovecraft y llevársela a su propio terreno, sin renunciar a sus filias y fobias personales y dotarla de una identidad propia. Otra de las novelas que recomendó y que catalogó como la mejor obra española de tintes lovecraftianos del mercado español, es La Piel Fría, de Alberto Sánchez Piñol, de la cual se acaba de filmar una adaptación a cargo de Xavier Gens.

En el turno de Alberto asalta a Ismael —de forma argumental y figurada— al respecto de una de las cosas que este ha comentado. Difiere de la opinión de este y de otros muchos expertos y literatos que afirman que este o aquel autor escribían sus historias pensando siempre en una segunda lectura de los sucesos, en el caso de H.P.L., y cree que es un ejercicio de autocomplacencia el hacerlo una vez el autor muere. Con muy buen criterio, explicó que quizá Lovecraft escribía lo que se le pasaba por la cabeza, y que nunca pensó en dotar a sus cuentos de paralelismos sesudos referentes a la psique humana o a la trascendencia de la religión en la sociedad, por poner dos ejemplos que ofrecen algunos expertos.

Cuando la patata caliente le llegó a Biedma, este se detuvo un momento para pensar, y habló con esa tranquilidad que le caracteriza. Explicó que quizá, al hilo de lo que comentaba Ismael sobre lo bien que funciona la obra de Lovecraft a pesar de estar de esa forma escrito, las adaptaciones cinematográficas nunca han calado hondo por intentar plasmar fielmente las palabras del autor. En una obra tan sugerente como la del de Providence, es muy difícil dar con las imágenes precisas para que obra y espectador casen de forma perfecta, ya que muchas veces el intento por aclarar las cosas tiene un efecto contrario al que se busca en la literatura. Además, afirmó que él ha huido siempre de la faceta más conocida del autor y que, el tema de los Dioses Cósmicos y los tentáculos, por definirlo de alguna manera, nunca le ha atraído de la forma que a otros escritores fascina.

Javier entró en la palestra comentando cómo la obra de H.P.L. ha vagado durante mucho tiempo por infinidad de revistas y fanzines Pulp, dando lugar a increíbles cuentos e historias denominados Pastiches (historias que cogen elementos de diversos géneros y los funden en uno solo). Defendió con vehemencia este género de los que lo califican de negativo para la literatura y comentó que, a veces, sin tener que centrarse absolutamente en el canon de la bibliografía original y saltándote ciertas premisas, se pueden crear muy buenos cuentos que den con la tecla y definan exactamente el género como Lovecraftiano sin perder un ápice de identidad propia. Estos son los casos de The Wild of Claude Astur y Spawn of the Green Abyss, ambos relatos publicados en la revista Weird Tales en el años 1947 y 1946 respectivamente.

Como podéis ver, aun a grandes rasgos, la mesa redonda dio para muchos y muy interesantes temas. Por desgracia el tiempo se acabó para todos y, tras los agradecimientos de rigor a participantes y organizadores y los merecidos aplausos, abandonamos la sala y continuamos con nuestros propios debates bajo el amparo de la fresca noche madrileña. Como podéis imaginar, esto dio para otras muchas crónicas regadas de cerveza que, aunque me pese, quedarán en el recuerdo de cada uno.

 

La humanidad en las pupilas. Obsesión Blade Runner.

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Hace unos días, utilizando como excusa el estreno de Blade Runner 2049, en Los Búhos del Caos hicimos un programa especial sobre el universo generado en torno a esta historia, que tiene sus raíces en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? De Philip K. Dick. Ante la pregunta: “Mar, empieza tú, ¿qué tienes que decir de Blade Runner?” ocurrió lo que tenía que ocurrir: colapsé. ¿Habéis sentido alguna vez que tenéis tantas cosas que decir de repente que sois incapaces de expresar cualquiera de ellas? Eso es lo que ocurre cuando algo está tan mezclado con uno mismo que es imposible diseccionarlo en frases sin haberlo pensado bien antes. Hay algunas películas ―y libros― que por alguna razón pasan a formar parte de nosotros más allá de lo bien hechas que estén. Tocan alguna fibra en nuestro interior y se aferran de tan forma que se quedan allí casi en forma de obsesión. A mí me pasa con algunas, no demasiadas. Si me preguntan si son mis favoritas, diré que sí, aunque sea consciente de que hay muchísimas que podrían superarlas en cuanto a calidad. Pues bien, Blade Runner, cumple los dos requisitos: está muy bien hecha y la llevo dentro desde siempre, hasta tal punto que, en ocasiones, al escribir se me escurren sus conceptos y personajes entre los dedos y quedan plasmados entre mis letras.

Cuando me enteré de que iban a hacer una secuela se me revolvió el estómago. ¿De verdad era necesaria esa blasfemia? ¿Se les había secado el cerebro a los guionistas y ya no tenían más que ofrecer que remakes y secuelas? Blade Runner ya había salido airosa ―y con honores― en su medio inventado nacimiento en el mundo del celuloide ―es uno de los pocos casos en que no sólo perdono el que la adaptación cinematográfica de un libro se tome tantas libertades narrativas, sino que me alegro por el resultado, a pesar de que la novela me gusta― y también de sus variados montajes, algunos más que olvidables, pero no confiaba ni una pizca en que nadie consiguiese siquiera acercarse al universo original con una secuela, que, además, tenía necesariamente que partir de lo que ya era en gran parte invención. En mi mente se perfilaba una separación tan brutal estilística y de contenido que no podía ni asumirlo. Pues bien, partiendo de la base de que me gustaría que jamás de los jamases se hubiese hecho Blade Runner 2049, me pareció digna y disfruté bastante en el cine. Una vez desconectado el resorte de la obsesión, me dispuse a verla como algo al margen de la original. Si no me gustaba, la guardaría en el cajón de la inexistencia, donde viven, entre otras, 2010, Odisea dos (¿llegó a haber una secuela de 2001, Odisea Espacial? ¡Nunca!). Los cortos previos al estreno que rellenan el hueco entre una película y la otra y nos cuentan lo que ha sucedido en esos treinta años ―si no los habéis visto, debéis hacerlo― ya me habían tranquilizado en parte. Aun así, fui al cine con bastante inquietud. No tardé en verme absorbida por una respetuosa continuación del universo original, una fotografía impresionante ―lo mejor de todo―, una banda sonora a ratos algo estridente, pero adecuada, una historia correcta en su mayor parte y algunos guiños a los fans de la primera que no acaban de convencer, pero que sirven de nexos de unión para generar cierto afecto por lo que se está viendo. En definitiva, una gran película que bebe de la original pero que está realizada al modo de este siglo.

Por suerte, algunos de mis temores eran incorrectos, Villeneuve continua con el concepto ―del que su precursora fue el primer ejemplo―  de que ciencia ficción no implica necesariamente infinitas escenas de acción. Es posible que esto ayude a que resulte una catástrofe en taquilla, pero yo se lo agradezco. De todos modos, por mucho que ahora sea tema de moda, Blade Runner nunca fue del interés de los espectadores en general, siempre fue una película de culto, una delicatessen para algunos, algo inaguantable para otros. No sé por qué su secuela tendría que ser más multitudinaria. Yo creo que su director ya partía de la idea de que era más una obra para ganar premios que dinero.

Una vez dicho esto, pasemos al momento de las críticas, porque sí, me ha gustado y, probablemente, si no existiese la original, me habría parecido estupenda, pero existe y ya se sabe que las comparaciones son odiosas. Para empezar, no encuentro en la secuela el alma de cine negro disfrazado de ciencia ficción de mi Blade Runner, esos planos lentos, contenidos, en los que Ridley Scott cuidó los juegos de luces y sombras y la posición de los personajes con el mimo del cine grabado en blanco y negro, esas escenas en las que una mirada cuenta una historia. Ese ritmo que sólo se da en algunas películas de los primeros años 80. Tampoco encuentro la estructura de contrastes que en la original va más allá de los planos, salvo, quizás, en la ambientación, mezcla de los antiguo y decadente con la tecnología más novedosa, pero que al ser rodada de otro modo pierde la magia. Esos edificios abandonados de la original, grandiosos, pero cercanos, que albergan elementos futuristas entre objetos que podrían ser de antes de ayer o de hoy mismo. Las recreaciones de Blade Runner 2049 son impresionantes, sí, pero lejanas. El hotel en Las Vegas, por ejemplo, es magnífico, pero no es cotidiano como el Edificio Bradbury, es casi como un sueño. Contrastes como esa maravillosa Daryl Hannah en su papel de la cyberpunk Pris frente a la sensual femme fatale clásica Rachel que interpreta la simpar Sean Young.

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Y no sé vosotros, pero yo veo algunos paralelismos que no acaban de estar logrados. No me convence el protagonista elegido, Ryan Gosling, inexpresivo más allá de su papel de replicante. No, por más que lo pretenda, no puede actuar como Harrison Ford, que hizo, en su papel de Deckard, en Blade Runner, una de las mejores actuaciones de su carrera. Su “expresividad contenida” no la consigue reproducir Gosling. Tampoco Luv (Sylvia Hoeks) es digna sucesora de Rachel en la comparación Wallace Corporation – Tyrell Corporation, aunque esta vez no es del todo culpa de la actriz. Ni lo es la prostituta a la que dan el aspecto de Pris, quizás para indicar que es un producto en serie, quizás para apelar al corazoncito de los fans. Y no quiero hacer spoilers, pero ningún replicante se morirá jamás tan bien como Roy Batty (Rutger Hauer) mientras cae agua del cielo.

 

Siguiendo con las actuaciones, Ana de Armas está estupenda en su papel de IA y Jared Leto no me acaba de encajar del todo bien. Me gustó más en el corto previo en que perfilan su personaje.

Habría mucho que decir, pero me estoy alargando, quizás otro día hable de las diferencias con la novela que da origen a todo el mundo de Blade Runner. Sí, creo que lo haré.

A modo de conclusión ―no busquéis objetividad en mis palabras―: Blade Runner es una obra maestra, Blade Runner 2049 no tendría que haber existido, pero es una secuela bastante digna y ojalá no haya más, aunque ese final anticipa una tercera. El tiempo me dará la razón. Lo sé.

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Literatura con nombre de mujer

Desde su nacimiento, e incluso antes, las redes sociales han sido usadas para empujar iniciativas, propuestas e ideas. Hashtags que recorren el mundo en diez minutos, ideas peregrinas que de pronto alcanzan el estatus de verdad absoluta. Por suerte, a veces lo que se viraliza son ocurrencias  de esas que tienen como objetivo hacer de este mundo un lugar un poco mejor.

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Ocurrió hace poco más de un año gracias a la reflexión de un grupo de twitteras sobre el porcentaje de hombres y mujeres a los que leían. La idea detrás, conseguir algo más de paridad en nuestras estanterías. Abrirnos un poco los ojos a una realidad que generalmente no vemos, y es que nuestras bibliotecas particulares suelen estar plagadas de hombres. Si nos metemos ya en la denominada “literatura de género”, los resultados suelen ser para llorar. Dispuestas a aportar soluciones, y no sólo quejas, estas twitteras propusieron dedicar un mes a la lectura de libros escritos por mujeres. Y hacerlo visible en redes sociales con el hashtag #LeoAutorasOct. ¿Por qué octubre? Porque coincidió con la instauración del Día de las Escritoras por parte de la Biblioteca Nacional de España, la Asociación Clásicas y Modernas y la Federación Española de Mujeres Directivas (FEDEPE). Y porque en noviembre y diciembre ya tenemos otras causas que viralizar (#movember y #dressember).

Este año vuelve a celebrarse, y no sólo cuentan con hashtag. También con página web (https://leoautorasoct.wordpress.com/) y cuenta de Twitter (@LeoAutoras). Y cientos y cientos de usuarios que ya empiezan a circular sus recomendaciones y listas previstas para el mes.

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Por supuesto, no están todas las que son, o deberían, pero estas son algunas recomendaciones de lecturas. Por si deciden sumarse a la iniciativa:

El cuento de la criada, de Margaret Atwood (Salamandra, 18,05€). ¿Alguien no ha escuchado este título en el último año? Una distopía demasiado realista que ha saltado a los primeros puestos de las listas de ventas gracias a la adaptación ganadora de Emmys realizada por HBO. Un mundo donde las mujeres no tienen más voz que la interior y en el que la dignidad a veces se encuentra en un mensaje arañado en una pared. Comprar aquí.

Ladrones de libertad, de Iria G. Parente y Selene M. Pascual (Nocturna Ediciones, 16,15€). La saga de Harry Potter ha tenido efectos secundarios en la percepción de la literatura juvenil. Cada vez menos gente tuerce el gesto cuando ven a un adulto leer un libro juvenil (sobre esto ya hablaremos otro día). Dentro de este género, este año destaca para mí esta nueva entrega del universo de Marabilia. Piratas, príncipes, princesas, maldiciones, persecuciones, amor, sirenas y, sobre todo, 600 páginas para recordarnos que las apariencias engañan, que todos somos mucho más de lo que se ve a simple vista y que tenemos derecho a soñar. Comprar aquí.

El color del silencio, de Elia Barceló (Roca Editorial, 18,90€). Ya hablamos de esta novela en nuestro primer programa, y no puedo dejar de recomendarla. Helena Guerrero, pintora y exiliada emocional y voluntaria, regresa a España para asistir a una celebración familiar. El regreso no será solo a las calles de Madrid, sino que se verá obligada a rememorar los jardines de La Mora, en Rabat, escenario de un crimen que ha marcado su vida. La alicantina Elia Barceló vuelve a desplegar su talento en esta novela que, sin llegar a ser un thriller, investiga uno de los episodios más oscuros de la historia reciente. Comprar aquí.

La Quinta estación, de N.K. Jeimisin (Nova Libros, 19€). La novela que más veces he recomendado este año y la protagonista absoluta de nuestro primer programa. Ciencia Ficción en estado puro. En una Tierra extraña se ha desencadenado una Quinta estación. Una época de desastres y penurias que amenaza con convertirse en el comienzo del apocalipsis. Una mujer emprende la búsqueda de su hija desaparecida sin saber el papel que jugará en el fin del mundo. Una novela que sorprende no sólo por su argumento, sino por las veces que nos obliga a replantearnos prejuicios y asunciones de los que, muchas veces, no somos conscientes. Comprar aquí.

Una habitación propia, de Virginia Woolf (Seix Barral, 10,95€). Relato feminista y literario propiciado por una serie de charlas alrededor del tema de las mujeres y las novelas que a la autora le ofrecieron dar en 1928. Un ensayo que, casi 100 años después no ha perdido ni un ápice de vigencia, desgraciadamente, que la admisión, en igualdad de oportunidades, en un mundo cultural, el literario, hasta entonces reservado casi exclusivamente a los hombres. Comprar aquí.

El libro del día del juicio final, de Connie Willis (Zeta Bolsillo, 14€). Viajes en el tiempo como excusa para hablar del sufrimiento y la soledad, pero también del aguante y la voluntad que somos capaces de demostrar en situaciones extremas. Kivrin, estudiante de Historia en Oxford, viaja al siglo XIV dispuesta a estudiar la Edad Media. Las cosas se complican cuando una extraña plaga se propaga por las dos épocas, complicando el regreso de la estudiante. Comprar aquí.

Justicia auxiliar, de Ann Leckie (Nova Libros, 19€). Una historia de venganza y humanidad protagonizada por una IA atrapada en una mortaja biológica, en un cuerpo que se degrada por segundos. Empujada a una misión suicida por voluntad propia, conoceremos el funcionamiento del imperio al que sirve, o sirvió, pero también su programación y sus procesos, mientras nos tocará reflexionar sobre la voluntad, la consciencia y la eterna pregunta cuando se habla de Inteligencia Artificial: ¿cómo saber quién es humano? Comprar aquí.

La guerra del planeta de los simios. Matt Reeves

imageDe un tiempo a esta parte, los blockbuster veraniegos pasan por las carteleras sin pena ni gloria. Pocas veces la acción frenética, el sonido estridente y los efectos especiales vienen acompañados de un guión de una calidad apabullante. Sin embargo, La guerra del planeta de los simios tiene un mucho de lo último y un poquito de los demás factores anteriormente mencionados. Lo conseguido por Matt Reeves con este broche final —¿realmente lo es?— a la saga es de una categoría digna de mención.

Los acontecimientos nos sitúan cuatro años despues de lo narrado en la anterior entrega; sin embargo, los enfrentamientos entre simios y humanos siguen sucediéndose. Los monos, liderados por César, siguen escondiéndose de los hombres, mientras que estos últimos buscan a los primeros para acabar con ellos. ¿La razón? La especie humana ha sido diezmada por el virus de la gripe simia y corre grave peligro de ser eliminada de la faz de la Tierra. Todo lo contrario que la especie protagonista, en pleno auge intelectual y alejada de cualquier enfrentamiento, sabiéndose responsable del futuro de sus congéneres.

Por suerte, el director plantea la historia desde el punto de vista de los simios, algo que no es nada fácil. César es uno de los pocos monos que puede articular palabras, así que sus apariciones no nos provocan muchos problemas. Pero sus parientes, es harina de otro costal, lo que se resume en dos horas y media de monetes comunicándose mediante el idioma de los signos y subtitulándolo en la pantalla. Con un lenguaje sencillo, consiguen atraparnos con sus dilemas, consistentes en hasta qué punto siguen siendo lo que eran, y cuánto se diferencian de nosotros. La ira, el afecto, el apego, la venganza… Todos estos sentimientos, tan ligados al ser humano, los sentirán el protagonista y sus congéneres y nos mostrarán cómo de fina es la línea que separa a seres humanos y primates.image

Por otro lado, tenemos el bando humano, liderado por un Coronel sin nombre interpretado por un Woody Harrelson al que la edad le ha dotado de mayor capacidad interpretativa y que en los últimos tiempos nos ha sorprendido con papeles más que brillantes —Marty Hart de True Detective es un buen ejemplo de ello—. Aquí, da vida a un mandamás del ejército algo ido, exento de empatía hacia los humanos a los que lidera y obsesionado con una vendetta con cara de chimpancé llamada César.

Ambos papeles contrapuestos son los que, por un lado, equilibran la balanza entre la dualidad Humanidad/Simiandad —palabro que me acabo de inventar— y por otro nos enfrentan al problema de la involución humana dependiente de sus aspectos más primigenios. Esa gripe que está acabando con los seres humanos, además, presenta un nuevo síntoma: la pérdida de la voz y un estado que extrae el raciocinio a los infectados, es decir, los dota de la antigua personalidad animal. Con esta base, Matt Reeves nos atrapa en una perfecta amalgama creada a base de unificar una magnífica banda sonora —obra de Griffith Giaccino— con preciosos escenarios salvajes —bosque, desierto y montaña— por los que se pasea uno de los más extraordinarios CGI que yo he visto hasta el momento. La expresividad que hay en los ojos de los cinco monos protagonistas es tal, que solo con detenerte en ellos, puedes adivinar lo que sienten. Desde aquí mi más sincera felicitación a Andy Serkis —nominación al Oscar, ya— porque creo que sin su trabajo, esto no habría sido posible.

Por otro lado, la palabra «guerra» en el título, da lugar a confusión. La gente puede pensar que la película va a ser el Desembarco de Normandía pero con simios, y no. . Como mucho, «La escaramuza del planeta de los simios», si me apuráis. Porque ni de lejos está la población mundial en jaque, ni esta batalla es crucial para la supervivencia de ninguna de las dos especies. No sabemos qué sucede en los demás continentes ni tampoco si la enfermedad ha llegado a algún otro lugar. Las referencias a Apocalipsis Now están ahí, a la vista, incluso para los menos avispados —como un servidor— hay un juego de palabras durante una de las escenas, que deja más que claras esas referencias. El tono oscuro que impregna toda la obra, cuadra más con un western de calidad, que con una película bélica. Es más, los distintos elementos que aparecen —un toque de aventura, otro de suspense, un poco de cine de fugas, aquí una pizca de drama— la alejan aún más de un simple estilo de filme.

Como pega —más que pega, cagada absoluta y agujero de guión—, esa escena en laimage que un humano es atacado con un par de boñigas de mono… Y hasta aquí puedo escribir. Es el único error que he localizado y que no sé cómo ha podido escaparse en un libreto tan bien llevado en todos los aspectos.

En definitiva, un cierre de saga que hace justicia a las anteriores entregas y que mejora el producto original hasta cotas inimaginables. Eso sí, el final no se deja tan cerrado como a servidor le gustaría, lo que hace plantearme si en realidad se ha quedado así por alguna razón. Sea como sea, si le siguen dando el mando del guión a Matt Reeves y la interpretación de los simios a Serkis, pueden contar conmigo en la butaca del cine porque no pienso perderme ninguna de las dos, tres o seis películas que se hagan.

 

 

Por qué me comí a Padre. Roy Lewis

imageEscribo esto porque tengo la necesidad imperiosa de recomendar un libro. No es un bestseller internacional mundialmente conocido por todos. Es más, probablemente tú, que estás leyendo esto, no hayas oído hablar de él en tu vida, igual que yo no lo había hecho hasta que no cayó en mis manos. Es más, puedo asegurar que lo tienes en la misma edición que yo, que te lo regalaron en Sant Jordi o en la Feria del libro de Madrid por comprar alguna novela en Cyberdark o en Gigamesh, y que tan solo le has echado un breve vistazo y lo has colocado en la estantería, al lado de los ejemplares esos que regalan de vez en cuando editoriales y grandes superficies. Si lo has hecho, hazme caso: corre a por él y léetelo en cuanto tengas oportunidad.

Por qué me comí a padre es una puta maravilla escrita en el año 1960 —ojo, que hace 57 años— por Roy Lewis y reeditado por Ediciones Gigamesh para regalarlo. Por la cara. Gratis. Cero euros. Como ya he dicho antes, es un libro desconocido por el gran público y relegado a un rincón lleno de polvo que nunca más volverá a ser descubierto excepto en una mudanza o por culpa de unos sobrinos inquietos que lo toquetean todo. En esta nueva edición, el Sr. Corominas se saca de la manga una ilustración que de sencilla entra por los ojos como un plato de oreja a la plancha en pleno invierno. Con su salsita y todo. Y su ajo. Y su limón. Vamos, que es una puta gozada. Además, contrasta con ese amarillo chillón que han decidido forme parte del cuerpo del libro para hacerlo todavía más llamativo que los anteriores, que ya es difícil.

Básicamente, cuenta la historia de una tribu de homínidos que están livin’ la vida loca durante el Pleistoceno en las llanuras prehistóricas de África. Aún no han descubierto el fuego, pero se encuentran bien entretenidos despiojándose los unos a los otros e invirtiendo parte de su tiempo en la I+D de la época: la extracción y fabricación en serie de lascas de sílex. El narrador, Ernest, nos lleva de la mano por el día a día de esta familia, encabezada por Padre, un señor homínido de modales exquisitos muy preocupado por la evolución de las especies y que está convencido de que la raza humana gobernará la Tierra sobre todas las especies. Es consciente de que seguir una alimentación a base de raíces, frutos y carroña no es suficiente para erigirse en la cúspide de la cadena alimenticia y que el futuro está en la sabrosa carne recién cazada de los animales que les rodean. Pero claro, tienen una competencia muy dura, ya que, a los homínidos de tribus rivales, han de sumarse tigres dientes de sable, leones, hienas, osos, leopardos, mamuts y hasta okapis y cebras que pegan unas coces de espanto.

Si habéis visualizado a esos humanos tan mal disfrazados que aparecían en la película 2001: Una odisea en el espacio, olvidaos de ellos. Estos homínidos tienen una exquisita educación y conocen a la perfección —no es así, pero se usa como recurso humorístico a la hora de explicar ciertos pasajes— dónde se sitúan los diferentes continentes que forman la Tierra, saben que esta es redonda e incluso tienen unas dotes de oratoria que ya quisiera Adolf Hitler para sí. Ese contraste extraño, en el que unos simios que acaban de descubrir el caminar erguido hablan con la potencia y la perfección de un lord inglés de finales del siglo XIX, con su retranca y un humor muy british, hace que la narración se convierta en una descacharrante crónica prehistórica en la que se nos muestra de una forma más que sutil nuestros errores de hoy y de ayer. Bueno, y de siempre. Porque en realidad el ser humano nunca ha cambiado. Sigue siendo el mismo mono que se despierta cada mañana para ir a cazar, recolectar, proteger a su prole y dormir bajo techo para sentir la protección del medio. Que traiciona, que miente por su propio interés y que explora lo que le rodea para sacar la máxima ventaja posible a su entorno.

No perdáis de vista al tío del protagonista, y hermano de Padre, Vanya; un mono que aborrece los adelantos científicos y huye como de la peste de los nuevos inventos tecnológicos. Y lo hace porque cree que estos alejan al ser humano de su condición natural, la de la comunión pura y absoluta con la Naturaleza. Las escenas en las que los dos hermanos discuten uno con el otro son lo mejor de la narración.

El tono humorístico mezclado con ese aire de moraleja que rodea a toda la narración hace que devores la historia en un santiamén y quedes con ganas de más. Hambre que por cierto, puedes saciar si eres capaz de encontrar la continuación en alguna librería de viejo, porque existir, existe. Empecé el libro por casualidad, recién acabada la lectura que llevaba encima y, cuando pasé la tercera página, ya me dolía la tripa de contener la risa en el transporte público. Una verdadera joya por la que le mando mis más sinceras felicitaciones a Alejo Cuervo o a aquel que haya pensado en este regalo para amenizar las compras del día de Sant Jordi.

De verdad, no os lo perdáis. Palabra de Toluuuu.

¡Empezamos!

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Pues sí, la aventura ha comenzado.

Los búhos hemos echado a volar y muy pronto atormentaremos vuestros oídos con nuestras voces.

En la foto, los que hablamos en el primer programa: Maria Martín, José Antonio Campos (Toluuuu) , Alberto Plumed y Mar Goizueta. No aparece la fotógrafa, Yem Goizueta, que no habló pero sí habló, ya lo entenderéis. Pili Rosique no pudo estar, pero estaba en espíritu y opiniones en la distancia.

En breve subiremos el audio.

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Gracias por ser parte de esta locura.