Por qué me comí a Padre. Roy Lewis

imageEscribo esto porque tengo la necesidad imperiosa de recomendar un libro. No es un bestseller internacional mundialmente conocido por todos. Es más, probablemente tú, que estás leyendo esto, no hayas oído hablar de él en tu vida, igual que yo no lo había hecho hasta que no cayó en mis manos. Es más, puedo asegurar que lo tienes en la misma edición que yo, que te lo regalaron en Sant Jordi o en la Feria del libro de Madrid por comprar alguna novela en Cyberdark o en Gigamesh, y que tan solo le has echado un breve vistazo y lo has colocado en la estantería, al lado de los ejemplares esos que regalan de vez en cuando editoriales y grandes superficies. Si lo has hecho, hazme caso: corre a por él y léetelo en cuanto tengas oportunidad.

Por qué me comí a padre es una puta maravilla escrita en el año 1960 —ojo, que hace 57 años— por Roy Lewis y reeditado por Ediciones Gigamesh para regalarlo. Por la cara. Gratis. Cero euros. Como ya he dicho antes, es un libro desconocido por el gran público y relegado a un rincón lleno de polvo que nunca más volverá a ser descubierto excepto en una mudanza o por culpa de unos sobrinos inquietos que lo toquetean todo. En esta nueva edición, el Sr. Corominas se saca de la manga una ilustración que de sencilla entra por los ojos como un plato de oreja a la plancha en pleno invierno. Con su salsita y todo. Y su ajo. Y su limón. Vamos, que es una puta gozada. Además, contrasta con ese amarillo chillón que han decidido forme parte del cuerpo del libro para hacerlo todavía más llamativo que los anteriores, que ya es difícil.

Básicamente, cuenta la historia de una tribu de homínidos que están livin’ la vida loca durante el Pleistoceno en las llanuras prehistóricas de África. Aún no han descubierto el fuego, pero se encuentran bien entretenidos despiojándose los unos a los otros e invirtiendo parte de su tiempo en la I+D de la época: la extracción y fabricación en serie de lascas de sílex. El narrador, Ernest, nos lleva de la mano por el día a día de esta familia, encabezada por Padre, un señor homínido de modales exquisitos muy preocupado por la evolución de las especies y que está convencido de que la raza humana gobernará la Tierra sobre todas las especies. Es consciente de que seguir una alimentación a base de raíces, frutos y carroña no es suficiente para erigirse en la cúspide de la cadena alimenticia y que el futuro está en la sabrosa carne recién cazada de los animales que les rodean. Pero claro, tienen una competencia muy dura, ya que, a los homínidos de tribus rivales, han de sumarse tigres dientes de sable, leones, hienas, osos, leopardos, mamuts y hasta okapis y cebras que pegan unas coces de espanto.

Si habéis visualizado a esos humanos tan mal disfrazados que aparecían en la película 2001: Una odisea en el espacio, olvidaos de ellos. Estos homínidos tienen una exquisita educación y conocen a la perfección —no es así, pero se usa como recurso humorístico a la hora de explicar ciertos pasajes— dónde se sitúan los diferentes continentes que forman la Tierra, saben que esta es redonda e incluso tienen unas dotes de oratoria que ya quisiera Adolf Hitler para sí. Ese contraste extraño, en el que unos simios que acaban de descubrir el caminar erguido hablan con la potencia y la perfección de un lord inglés de finales del siglo XIX, con su retranca y un humor muy british, hace que la narración se convierta en una descacharrante crónica prehistórica en la que se nos muestra de una forma más que sutil nuestros errores de hoy y de ayer. Bueno, y de siempre. Porque en realidad el ser humano nunca ha cambiado. Sigue siendo el mismo mono que se despierta cada mañana para ir a cazar, recolectar, proteger a su prole y dormir bajo techo para sentir la protección del medio. Que traiciona, que miente por su propio interés y que explora lo que le rodea para sacar la máxima ventaja posible a su entorno.

No perdáis de vista al tío del protagonista, y hermano de Padre, Vanya; un mono que aborrece los adelantos científicos y huye como de la peste de los nuevos inventos tecnológicos. Y lo hace porque cree que estos alejan al ser humano de su condición natural, la de la comunión pura y absoluta con la Naturaleza. Las escenas en las que los dos hermanos discuten uno con el otro son lo mejor de la narración.

El tono humorístico mezclado con ese aire de moraleja que rodea a toda la narración hace que devores la historia en un santiamén y quedes con ganas de más. Hambre que por cierto, puedes saciar si eres capaz de encontrar la continuación en alguna librería de viejo, porque existir, existe. Empecé el libro por casualidad, recién acabada la lectura que llevaba encima y, cuando pasé la tercera página, ya me dolía la tripa de contener la risa en el transporte público. Una verdadera joya por la que le mando mis más sinceras felicitaciones a Alejo Cuervo o a aquel que haya pensado en este regalo para amenizar las compras del día de Sant Jordi.

De verdad, no os lo perdáis. Palabra de Toluuuu.

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