La chica de al lado de Jack Ketchum

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Imaginad una manzana roja, brillante, como la que la bruja le ofrece a Blancanieves en el cuento del mismo nombre. Visualizad esa imagen por un momento, en una fuente de cristal y rodeada de otras diez de ellas. Apetecible, ¿verdad? Ahora, en vuestro frutero imaginario, probad a introducir otra manzana, esta vez podrida y arrugada. Haced un time-lapse mental, como en uno de esos vídeos documentales en los que los días se suceden en cuestión de segundos. Ahora sustituid manzanas por personas, como hizo Ana Botella en su momento y tendréis una perfecta analogía del libro que vamos a tratar.

Años cincuenta. Un pueblo cualquiera en Estados Unidos. Un grupo de casas alberga la vida diaria de un vecindario de lo más normal. Béisbol, cerveza, cigarrillos Chesterfields y marsmallows a la luz de las hogueras. Todo cambia cuando Meg y su hermana pequeña Susan, sufren un accidente de coche en el que sus padres mueren y aterrizan en el hogar de los Chandler. La apacible vida de los chicos del barrio y de las dos recién llegadas cambiará para siempre en un giro casual de los acontecimientos.

 Como muchas veces he comentado, soy un amante de la literatura de terror y un ferviente admirador de la novela de género. Sin embargo, por cosas que ni yo logro a comprender, aún no me he encontrado con ningún libro que fuese capaz de removerme los intestinos por culpa del miedo escondido entre sus páginas. Sí, me he topado con escenas terroríficas que, si me pasaran en el mundo real, me obligarían a hacerme un ovillo y chuparme el pulgar como un niño de teta, pero al estar escritas en tinta, ni fu ni fa. Nada que ver con el cine de esta misma temática, del que me alejo todo lo que puedo a no ser que la película en cuestión me la hayan recomendado con fervor, porque lo paso realmente mal.

El caso es que desde hace ya un par de años, venía escuchando tanto en redes como en tertulias literarias que La chica de al lado de Jack Ketchum (Nueva Jersey, 1964-Nueva York, 2018) era probablemente uno de los peores libros que podías echarte al coleto en 450_1000cuanto a este género se refiere. Curiosamente, hace unas semanas, pregunté en redes sobre novelas que dieran verdadero terror y esta fue una de las más nombradas. En lo que la mayoría estuvo de acuerdo era que, más que acongojarte, la historia de sus protagonistas, Meg y David, te revolvía las tripas. Fue por ello que tomé la decisión de, en cuanto terminase con lo que tenía entre manos, me pondría con ella.

La cogí a ciegas, sin saber nada de lo que me iba a encontrar. No leí la sinopsis, tampoco las reseñas, no pregunté a nadie sobre el argumento; tan solo me senté en el metro, abrí la primera página y comencé a leer. Empezaba muy bien. Una narración en primera persona en la que David, el principal protagonista, se marca un monólogo de lo más convincente acerca de lo que es el dolor. Desde el principio entiendes que algo chungo ha debido de sucederle en el pasado; dos páginas y sabes que lo que le pasó hace más de treinta años fue determinante para el devenir de su vida. Y no, no te equivocas.

Tras este inicio, el autor retrocede treinta años atrás hasta la infancia de David y le coloca sobre una roca en medio de un río, recogiendo cangrejos y conociendo por primera vez a Meg, co-protagonista absoluta de la trama. Una conversación banal, una cicatriz en un brazo y parece que el primer amor de verano para David está a a punto de sucederse.

Sin utilizar ningún recurso sobrenatural, solo con las peripecias de unos críos cuyas personalidades recuerdan a los muchachos de It o Cuenta conmigo de Stephen King en un entorno rural similar al de las novelas anteriormente mencionadas, el autor describe de forma cruda y directa cómo es la vida en un pueblecito del interior americano recién salido de la guerra. Allí hay poco que hacer más allá de jugar al pilla-pilla, cazar imagescangrejos en el río o tirarse piedras y descalabrarse unos a otros. Ya sabéis, como en España en los ochenta pero sin Franco. De hecho, Ketchum tiene una gran virtud a la hora de poner en escena todo lo que sucederá más adelante, y es gracias a las inexistentes descripciones de sus emplazamientos. No le hace falta convencer al lector de lo que rodea a los personajes porque estos son tan claros que todo lo demás es accesorio.

La elección del narrador en primera persona es un verdadero acierto. Os preguntaréis por qué. Todo lo que se narra en la novela ha sucedido treinta años atrás, pero David decide contarlo en ese momento, a modo de expiación. Por un lado extrae de la «confesión» cualquier tipo añadido infantil que podría haber dado lugar en el momento en el que sucedió, pero por otro aporta si cabe más crudeza a lo que nos cuenta al tener la visión adulta del momento en el que lo cuenta. Eso le permite tener lagunas en su historia, ahorrarse las partes que no le interesan o dotar de mayor sinceridad a lo que ha visto. Sin embargo, cuando la acción se ha vuelto desenfrenada y el lector ya está atrapado, capítulos que empiezan o acaban con párrafos como el que copio a continuación, hacen que te atrapen en la misma situación en la que se encuentra su yo del pasado:

No voy a contaros esto.

Me niego.

 Hay cosas que morirías antes de contarlas, cosas que

sabes que deberías haber muerto antes de verlas.

 Yo observé y lo vi.

Confesiones como esta hacen que lo que se cuenta se convierta en algo más turbio aún, lleno de aristas, de detalles que, aunque no aparezcan, puede rellenar el lector con la imaginación. Como podéis ver, estoy intentando no contar nada de lo que pasa en la trama porque creo que, para afrontarla, es necesario llegar lo más «virgen» posible a la lectura.

Si entramos de lleno en el tema de trasfondo, veremos que Ketchum aborda la maldad humana sin cortapisas, yendo directo al grano. Sí, quiere hablar sobre el maltrato, la fragilidad del sistema de adopciones o incluso de los problemas derivados de las girl next door ketchum leisure 2005comunidades pequeñas y cerradas. Pero sin duda, la maldad porque sí, es lo que fascina al autor. Cómo una manzana podrida puede infectar a todas las que la rodean en un tiempo relativamente corto, convirtiendo a inocentes niños en verdaderas máquinas de hacer daño. El mal por el mal, simple y llanamente.

Igual que sucede con la piratería en España, en ocasiones, el ser humano actúa con malicia porque puede hacerlo, sin excusas. Mediante el avance de los días en la residencia de los Chandler, veremos ese cambio progresivo en el grupo de chavales, de jugar con simples colonias de hormigas a utilizar los métodos más imaginativos para causar dolor en un semejante. Os preguntaréis muchas veces el por qué llegan a esas cotas de repugnancia mientras estéis allí con ellos y siempre obtendréis la misma respuesta: porque pueden.

Decía el escritor y filósofo Edmund Burke que para que el mal triunfase solo hacía falta un hombre bueno que no hiciese nada al respecto. Aquí veremos un ejemplo perfecto encarnado en el protagonista, David. Y quizá esta sea una de las cosas que menos me gustan de la novela, al menos en cuanto a la credibilidad de la misma. Es cierto que el muchacho explica las razones por las cuales se comporta de esta manera, pero a mí no acaban de convencerme. Al principio, las fechorías no son más que gamberradas un poco pasadas de vueltas y puedo entender que el muchacho se mantenga al margen como mero espectador. Pero llega un momento en el que su inactividad irrita al lector, sobre todo por la gestión que hace más adelante de los sucesos. Desde que se inicia la vorágine de violencia, tengo la sensación de que el chico sufre de una psicopatía enervante de la cual no hablan en toda la novela.

Si he de poner alguna pega a la novela, además de lo anteriormente mencionado, es la pésima traducción y edición de la misma. La Factoría (Fechoría, como dirí

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a nuestro Barbas) de Ideas, bien conocida por los lectores de género en nuestro país por sus desastrosas traducciones, hizo gala de sus peores hábitos dejando en las librerías un despropósito de texto lleno de erratas y frases que se contradicen en demasiadas ocasiones y que hacen pensar que todas las leyendas que se cuentan sobre ella, son ciertas.

Más allá de eso, la novela es una puta maravilla que nadie debería perderse si quiere corroborar ese dicho de «la realidad siempre supera a la ficción» porque, por increíble que parezca, el señor Ketchum no hace más que adaptar a novela el caso real ocurrido en Indiana cuyo nombre en clave para la búsqueda es Sylvia Likens. Por si cuando acabéis con la ficción queréis saber algo más de la realidad.

 

 

 

 

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“Antilista” de lo que más he disfrutado en 2017: Libros.

Recomendaciones libros 2017 imagen completa

2017 ha sido un año en el que no sólo he leído y visto películas y series como el resto de los años, sino que, además, os he ido hablando de muchos de ellos en Los búhos del caos ―los que se ajustan a la temática del programa―. Ahora que estrenamos año nuevo, me apetece hacer una pequeña recopilación de lo que más he disfrutado en el anterior. He decidido hacerlo en tres antilistas temáticas que amplían lo que ya comenté en el programa nº 10. La idea no es hablar de lo mejor sino de lo que más me ha gustado o de lo que más ha significado para mí por motivos diversos, lo que hace que sean absolutamente subjetivas.

La existencia de los búhos del caos ha hecho que mis lecturas “de género” se hayan incrementado y como consecuencia ―o aprovechando las circunstancias―, he llegado a autores que hasta ahora no había leído y he podido saborear en varias ocasiones el placer de catar por primera vez algo que gusta. Vamos allá ―conste que no están necesariamente por orden de preferencia―:

La Quinta Estación, de N.K. Jemisin (Nova, 2017): La visita a Madrid de la encantadora N. K. Jemisin fue todo un acontecimiento para el programa. No habíamos emitido ni un solo minuto y ya teníamos una entrevista con la ganadora de un Premio Hugo y finalista de varios premios importantes más. Fue un placer para los búhos el tiempo que nos dedicaron la autora, la editora Marta Rossich y Alex Paez, que nos ayudó a entender todo mejor y también lo fue el posterior encuentro con medios. Tras este momento remember, vamos a lo más importante: el libro. La Quinta Estación es la primera parte de una historia dividida en tres―Trilogía de la Tierra Fragmentada―. Y es una suerte, porque nada más acabarlo quería más. En unos días se publica la continuación traducida y yo lo espero con ganas. Jemisin es muy buena creando mundos, eso lo primero. En la novela recrea un lugar llamado Quietud en el que suceden continuos y violentos cambios geológicos. Los personajes principales, llamados orogenes, tienen la capacidad de controlar la energía de la tierra y sus movimientos, así que es fácil entender su importancia en un mundo con esas características.  La historia va asociada a una mitología que Jemisin crea a la perfección, igual que hace con los elementos de la vida cotidiana, la flora, la fauna y el resto de personajes. Y no contenta con todo esto, inventa los términos para definir los elementos que no tienen igual en nuestro mundo. Aquí quiero mencionar la labor del traductor, David Tejera, que adaptó con maestría ese vocabulario al castellano.

En resumen, es una novela que se lee con muchas ganas de principio a fin, que va envolviendo al lector en la historia, que a ratos juega con lo que estamos predispuestos a suponer y que tiene algunos giros bastante sorprendentes.

Arañas de Marte, de Guillem López (Valdemar, 2017): El día que Guillem y yo nos vimos por primera vez y me regaló su novela La polilla en la casa del humo (Aristas Martínez, 2016), me tocó un premio doble: conocerle y descubrir al que se ha convertido en uno de mis autores preferidos de los últimos tiempos. Antes de abrir Arañas de Marte, estaba convencida de que me iba a gustar. No podía ser de otra manera, sabía que Guillem me iba a dar algo que me encanta: una historia retorcida, oscura, impecablemente narrada y abierta a especulaciones. Lo que no sabía es que iba a tener todo eso llevado al extremo. Puro abismo hecho letras. Valencia, un futuro que no parece demasiado lejano, una pareja sufre el drama inmenso de perder a su hijo. A partir de ahí, realidad y ficción ―quizás un cúmulo de realidades diferentes― se entremezclan como una telaraña o una red neuronal. Ciencia ficción oscura y exquisita para paladares acostumbrados a deleitarse con el horror elegante que provoca la perturbadora sensación de la inestabilidad de la existencia que vivimos y de nuestra propia mente.

Las tres muertes de Fermín Salvochea, de Jesús Cañadas (Roca, 2017): Hacía tiempo que tenía pendiente leer a Jesús Cañadas más allá de algún relato suelto y la premisa de esta novela ―una mezcla de historia y elementos sobrenaturales― me resultaba muy atractiva. Y qué bien hice en leerla. La disfruté una barbaridad. Es una historia absorbente y muy entretenida que sucede entre las dos partes de Cádiz, la visible y la oculta, a finales del siglo XIX y principios del XX. Los sucesos se nos presentan desde la perspectiva de un grupo de niños extremadamente desfavorecidos ―pobres unos, huérfanos y pobres otros, maltratados de alguna forma casi todos― que se enfrentan a la resolución del misterio en torno a la muerte del alcalde Fermín Salvochea lo que les llevará a vivir una serie de aventuras y a conocer a muchos personajes peculiares. Los amantes de lo sobrenatural reconocerán a algunos lugares y personajes de la mitología de Cádiz y de otros lugares y los amantes de la Historia se encontrarán un retrato de la sociedad de la época. Yo la devoré.

Transcrepuscular, de Emilio Bueso (Gigamesh, 2017): Esta novela de Emilio Bueso ha sido otra de mis primeras veces. Llegó envuelta en cierta polémica por los formatos de edición, polémica que ―como ya dije en algún episodio de los búhos del caos― yo no acabo de entender. En mi opinión ―aunque no venga muy a cuento en este artículo―, cada editorial es libre de editar como mejor le parece y, puesto que no es obligatorio comprar, el lector puede decidir si lo quiere o no o si espera a otra edición. Recientemente ha salido en un formato más sencillo y a un precio muy bueno, pero yo estoy feliz de tener una edición preciosa con una de mis amadas libélulas en su portada. Transcrepuscular es una road movie literaria en la que unos personajes que representan a los diferentes estratos en los que está fuertemente dividida la sociedad en función de motores que no nos son nada ajenos ―religión, política y economía―, se ven abocados a realizar un viaje en busca de un objeto valioso que ha sido robado. Bueso hace un magnífico trabajo de worldbuilding, recreando un escenario cuyos habitantes conviven con extrañas y gigantescas especies vegetales y todavía más extraños y gigantescos insectos y moluscos, con los que llegan a unirse en una simbiosis que les otorga ciertos poderes. Os advierto una cosa, el final os va a dejar de piedra y queriendo más. Es la primera parte de una trilogía. A esperar la segunda con ganas.

-Los últimos días de Nueva París, de China Mieville (Nova, 2017): Un genio que aún no había descubierto y que me dejó boquiabierta este año es China Mieville. Esta novela trata de guerra y Surrealismo. Parece simple pero no lo es: cuando digo Surrealismo me refiero a todo un universo en el que autores y obras de arte conviven ―literalmente, ya que las obras de arte cobran entidad más allá de su propia esencia de obra artística y se convierten en personajes de la novela― con soldados y grupos de resistencia en una ciudad de París muy diferente de la que conocemos. El que sepa un poco de arte ―como es mi caso― se emocionará al descubrir algunas obras cumbre de la época caminando por las calles de la ciudad, pero tranquilos, el libro incluye un glosario en el que explican todo, para que cualquiera pueda entender la gracia y la originalidad extrema del argumento.

Este año han llegado a mis manos y mis ojos otros libros maravillosos que no pienso resistirme a mencionar sólo por haber sido editados en otros años.

– Los Tejedores de Cabellos, de Andreas Eschbach (Bibliópolis, 2004): Esta novela fue todo un descubrimiento y estoy segura de que es una obra que gustará a cualquiera que tenga la suerte de que caiga en sus manos. Se trata de una historia aparentemente fantástica que por momentos se va deslizando hacia la ciencia ficción, en la que acaba totalmente asentada. Está narrada de una forma ágil, precisa, con un ritmo que incita a no parar y el mundo que describe es tan sorprendente que no te dejará hacerlo: en un planeta árido con una sociedad aparentemente anticuada, encontramos que existe una casta de artesanos llamados tejedores de cabellos. En sus familias sólo puede haber un hombre y un único hijo varón. El hombre tiene varias esposas, concubinas e hijas. La vida entera del tejedor está destinada a tejer una alfombra con el cabello de los miembros femeninos de la familia, alfombra que venderá al final de su vida, pasando el puesto a su único hijo varón. El destino de estas alfombras no se sabrá hasta mucho más adelante, cuando ya estemos sumergidos en una obra puramente de ciencia ficción, con naves, planetas, etc. La mezcla de tecnología con elementos que parecen sacados de la edad media, aparatos, máquinas y naves de diferentes tipos, algunos avanzadísimos y otros casi steampunk, el toque pulp que tiene en algunos capítulos y otros muchos matices la convierten en una delicia que debe ser leída sí o sí.

-El cuento de la criada, de Margaret Atwood (Bruguera, 2008): También hay una edición de Salamandra de 2017. No puedo comparar el libro con la serie porque debo ser la única persona que aún no la ha visto, pero como sea la mitad de buena que el libro, tiene que merecer mucho la pena. En esta obra, que originariamente es de los primeros 80, Margaret Atwood muestra una distopía escalofriante, una dictadura amparada en la religión en la que las mujeres han quedado relegadas a un papel de mínima importancia en la sociedad. La natalidad ha descendido tanto que las pocas que son fértiles son incluidas en un grupo destinado a engendrar los hijos que las esposas de los gobernantes no pueden tener. La historia nos la cuenta una de esas mujeres, cuya libertad es mínima en todos los aspectos de su vida. Las de su grupo social no pueden relacionarse con el resto de la gente de forma normal, deben llevar una vestimenta concreta y someterse a una serie de rituales. Lo verdaderamente aterrador es que mientras leía esta historia no dejaba de pensar en casos como el de Irán, donde las modernas mujeres que en los 70 lucían minifaldas tan cortas como cualquier occidental, hoy en día viven anuladas, tapadas y sometidas a un régimen horrible de falta de libertad. Leer es a veces el primer paso para cambiar cosas o para no llegar a ellas.

La historia de tu vida, de Ted Chiang (Alamut, 2015): Después de leer esta recopilación de relatos, sólo puedo pensar que Ted Chiang es un maestro. Cada relato es diferente entre sí, pero todos rebosan originalidad y buen hacer a la hora de narrar las historias. En el cuento que da nombre al libro está basada la película La llegada (Denis Villeneuve, 2016). Este relato, en el que Ted Chiang reflexiona sobre la importancia del lenguaje en la creación de todos los aspectos de la realidad, incluido el tiempo ―un tema que me fascina y que ha sido estudiado por antropólogos y lingüistas―, es sublime pero el resto no se queda a la zaga. Nos encontraremos en sus páginas con los constructores de la Torre de Babel, con golems, científicos, metahumanos y muchos más temas con un denominador común: hacen pensar. Y mucho. Sin apenas darse cuenta, el lector acabará planteándose un montón de cosas. Estoy hablando de él y ya me han entrado ganas de releerlo. Con eso lo digo todo.

-El estado natural de las cosas, de Alejandro Morellón (Caballo de Troya, 2016): Los que me conocéis sabéis de sobra que yo siempre me quejo de que en este país el cuento es considerado como el hermano pequeño de la novela y que a la mínima oportunidad reivindico que se iguale en importancia. Por eso ―y por muchos otros motivos― que un amigo gane el prestigioso Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, otorgado por el Ministerio de Cultura de Colombia, es un motivo grande de felicidad. Y además es un premio que Alejandro Morellón y su recopilación de relatos El estado natural de las cosas merecen de sobra. Seis cuentos, una casi nouvelle y un misterio en torno al término ehio en los que el autor juega a atrapar momentos de la vida cotidiana de cualquiera y a introducir en ellos un elemento fantástico, extraño y discordante que lo cambie todo: gentes adorando a un huracán, un testículo enterrado con honores de persona completa, un hombre que vive en el techo de su casa ―aún recuerdo la primera vez que me habló de este cuento y me maravilló lo kafkiano del argumento―, risas que trascienden su propia importancia…

Al mismo tiempo que modifica la trayectoria vital de los personajes con pericia de demiurgo, Alejandro Morellón condiciona al lector a hacerse preguntas del tipo: ¿Merece la pena renunciar a algo importante por dinero?, ¿Cambia el amor si cambian las circunstancias? Y en lo profundo, nos lleva a plantearnos quiénes somos en realidad si nos despojan de nuestras circunstancias y nos visten con otras.

Una de las cosas que más me gustan de Morellón es que satisface mi tendencia a amar lo inclasificable. Al leer sus relatos me encuentro en casa, rodeada de una nube de realismo mágico, tomando café con Cortázar, Kafka y Shirley Jackson al tiempo que disfruto del surrealismo costumbrista de las películas de Cuerda, del humor del autor, de una fina crítica social que asoma entre las líneas y un delicioso absurdo existencial. Delicatessen.

Y más allá de todas estas recomendaciones, no quiero dejar de mencionar estas otras obras que también me parecen más que recomendables ―de algunas ya hablé en el programa de radio―: Montaña rusa, de Fernando López Guisado (Vitruvio, 2016), Los príncipes de la marea de Daniel Pérez Navarro (Cerbero, 2017), Material sensible de Neil Gaiman (Salamandra, 2106), El sueño de Fevre, de George R. R. Martin (Gigamesh, 2009).

Felices lecturas.

Mar Goizueta.

*Mi principal suministrador de vicios lectores de fantasía, terror y ciencia ficción es la librería Cyberdark. Ahí podéis encontrar casi todos o todos los libros que os he recomendado.

Semana Gótica de Madrid: Mesa redonda sobre Lovecraft y la influencia del Horror Cósmico en los autores españoles

IMG_2436Como ya comentamos ayer por las redes, Los Búhos del Caos nos acercamos al Museo del Romanticismo para asistir a la II entrega de los Premios Le Fanu que otorga la Semana Gótica de Madrid desde el año 2016. Los galardonados en esta ocasión fueron Juan Ramón Biedma, Rafael Llopis y Ramsey Campbell. Tras escuchar un breve discurso por parte de los galardonados —En el caso de Llopis, el speech corrió a cargo de Alberto Ávila Salazar, ya que el primero no pudo acudir por motivos de salud. Asímismo, Ramsey Campbell tampoco pudo acercarse a recoger su galardón, pero al menos nos regaló un pequeño mensaje de agradecimiento que la propia organización nos mostró mediante una breve proyección—, se dio un pequeño descanso a los allí presentes para, a continuación, continuar con el plato fuerte de la noche: La influencia del horror cósmico en los escritores españoles de la actualidad; una mesa redonda en la que participaron el galardonado Juan Ramón Biedma, los autores Ismael Martínez Biurrun y Alberto López Aroca, los editores Javier Jiménez Barco (Barsoon y Costas de Carcosa) y Pablo Mazo (editor de Salto de Página), y Oscar Mariscal (articulista y traductor especializado en literatura fantastica y de ciencia ficción).

A modo de introducción, Óscar Mariscal comenzó con un extenso e interesantísimo speech dedicado a Lovecraft y, con una rigurosidad absoluta, desmenuzó los orígenes e inicios literarios del autor, deteniéndose en las diferentes publicaciones y en los giros y recorridos que dieron los cuentos de este a lo largo de su vida. Nos contó cómo Howard Phillips Lovecraft —por si algún lector rezagado aún no sabe qué significaban las siglas H.P.L (no, no significan Hewlett Packard)— era capaz de desarrollar todo un cuento alrededor de una simple idea esbozada en el margen de una hoja, o de qué forma se había descubierto en los últimos años que muchos cuentos que obraban a cargo de otros autores —clasificados como Colaboraciones—, en realidad estaban escritos casi por completo por este, aunque él nunca aceptó reconocer este hecho. Todo ello se ha descubierto gracias a la infinidad de correspondencia que permanece a buen recaudo, que, según los expertos, pudo ascender a más de cien mil de ellas. ¿Os imagináis la cantidad de información interesante que se ha podido extraer de semejante archivo documental?

Tras esta larga introducción, el primero en tomar la palabra fue Ismael. Comentó lo curioso que le resultaba que, a pesar del evidente estilo recargado de Lovecraft y lo difícil que puede resultar para algunos su lectura, al final, casi todos los lectores que se acaban enamorando de su obra, son conscientes de las carencias de su escritura pero, sin embargo, acaban fascinados por lo que rodea a cada uno de sus escritos, y casi nadie es capaz a día de hoy de igualar ese tándem entre “deficiencia” —por catalogarlo de alguna manera— literaria y fascinación de la maravilla. Además, comentó cómo cada uno de sus cuentos, rebuscando mucho entre sus letras y haciendo un fuerte ejercicio de empatía hacia el autor, siempre guardan ese mensaje subliminal al respecto de la ininteligibilidad de los dioses cósmicos y el fracaso de la razón humana ante esos seres primigenios venidos del «vete a saber dónde»; una fórmula que repite una y otra vez pero que fusiona a la perfección.

Cuando Ismael le dio la palabra a Pablo, este nos habló de la maravillosa locura que supuso trabajar como editor con algunos autores y de la experiencia que vivió al hacerlo con Emilio Bueso. Le concedió el honor de ser uno de los mejores, si no el mejor autor con el que ha trabajado, y definió su mente como «un parque de atracciones demencial dirigido por el Joker». Además habló de Extraños EonesEdiciones Valdemar, 2014— como una muy buena novela que sabe coger la cosmogonía del mejor Lovecraft y llevársela a su propio terreno, sin renunciar a sus filias y fobias personales y dotarla de una identidad propia. Otra de las novelas que recomendó y que catalogó como la mejor obra española de tintes lovecraftianos del mercado español, es La Piel Fría, de Alberto Sánchez Piñol, de la cual se acaba de filmar una adaptación a cargo de Xavier Gens.

En el turno de Alberto asalta a Ismael —de forma argumental y figurada— al respecto de una de las cosas que este ha comentado. Difiere de la opinión de este y de otros muchos expertos y literatos que afirman que este o aquel autor escribían sus historias pensando siempre en una segunda lectura de los sucesos, en el caso de H.P.L., y cree que es un ejercicio de autocomplacencia el hacerlo una vez el autor muere. Con muy buen criterio, explicó que quizá Lovecraft escribía lo que se le pasaba por la cabeza, y que nunca pensó en dotar a sus cuentos de paralelismos sesudos referentes a la psique humana o a la trascendencia de la religión en la sociedad, por poner dos ejemplos que ofrecen algunos expertos.

Cuando la patata caliente le llegó a Biedma, este se detuvo un momento para pensar, y habló con esa tranquilidad que le caracteriza. Explicó que quizá, al hilo de lo que comentaba Ismael sobre lo bien que funciona la obra de Lovecraft a pesar de estar de esa forma escrito, las adaptaciones cinematográficas nunca han calado hondo por intentar plasmar fielmente las palabras del autor. En una obra tan sugerente como la del de Providence, es muy difícil dar con las imágenes precisas para que obra y espectador casen de forma perfecta, ya que muchas veces el intento por aclarar las cosas tiene un efecto contrario al que se busca en la literatura. Además, afirmó que él ha huido siempre de la faceta más conocida del autor y que, el tema de los Dioses Cósmicos y los tentáculos, por definirlo de alguna manera, nunca le ha atraído de la forma que a otros escritores fascina.

Javier entró en la palestra comentando cómo la obra de H.P.L. ha vagado durante mucho tiempo por infinidad de revistas y fanzines Pulp, dando lugar a increíbles cuentos e historias denominados Pastiches (historias que cogen elementos de diversos géneros y los funden en uno solo). Defendió con vehemencia este género de los que lo califican de negativo para la literatura y comentó que, a veces, sin tener que centrarse absolutamente en el canon de la bibliografía original y saltándote ciertas premisas, se pueden crear muy buenos cuentos que den con la tecla y definan exactamente el género como Lovecraftiano sin perder un ápice de identidad propia. Estos son los casos de The Wild of Claude Astur y Spawn of the Green Abyss, ambos relatos publicados en la revista Weird Tales en el años 1947 y 1946 respectivamente.

Como podéis ver, aun a grandes rasgos, la mesa redonda dio para muchos y muy interesantes temas. Por desgracia el tiempo se acabó para todos y, tras los agradecimientos de rigor a participantes y organizadores y los merecidos aplausos, abandonamos la sala y continuamos con nuestros propios debates bajo el amparo de la fresca noche madrileña. Como podéis imaginar, esto dio para otras muchas crónicas regadas de cerveza que, aunque me pese, quedarán en el recuerdo de cada uno.

 

La humanidad en las pupilas. Obsesión Blade Runner.

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Hace unos días, utilizando como excusa el estreno de Blade Runner 2049, en Los Búhos del Caos hicimos un programa especial sobre el universo generado en torno a esta historia, que tiene sus raíces en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? De Philip K. Dick. Ante la pregunta: “Mar, empieza tú, ¿qué tienes que decir de Blade Runner?” ocurrió lo que tenía que ocurrir: colapsé. ¿Habéis sentido alguna vez que tenéis tantas cosas que decir de repente que sois incapaces de expresar cualquiera de ellas? Eso es lo que ocurre cuando algo está tan mezclado con uno mismo que es imposible diseccionarlo en frases sin haberlo pensado bien antes. Hay algunas películas ―y libros― que por alguna razón pasan a formar parte de nosotros más allá de lo bien hechas que estén. Tocan alguna fibra en nuestro interior y se aferran de tan forma que se quedan allí casi en forma de obsesión. A mí me pasa con algunas, no demasiadas. Si me preguntan si son mis favoritas, diré que sí, aunque sea consciente de que hay muchísimas que podrían superarlas en cuanto a calidad. Pues bien, Blade Runner, cumple los dos requisitos: está muy bien hecha y la llevo dentro desde siempre, hasta tal punto que, en ocasiones, al escribir se me escurren sus conceptos y personajes entre los dedos y quedan plasmados entre mis letras.

Cuando me enteré de que iban a hacer una secuela se me revolvió el estómago. ¿De verdad era necesaria esa blasfemia? ¿Se les había secado el cerebro a los guionistas y ya no tenían más que ofrecer que remakes y secuelas? Blade Runner ya había salido airosa ―y con honores― en su medio inventado nacimiento en el mundo del celuloide ―es uno de los pocos casos en que no sólo perdono el que la adaptación cinematográfica de un libro se tome tantas libertades narrativas, sino que me alegro por el resultado, a pesar de que la novela me gusta― y también de sus variados montajes, algunos más que olvidables, pero no confiaba ni una pizca en que nadie consiguiese siquiera acercarse al universo original con una secuela, que, además, tenía necesariamente que partir de lo que ya era en gran parte invención. En mi mente se perfilaba una separación tan brutal estilística y de contenido que no podía ni asumirlo. Pues bien, partiendo de la base de que me gustaría que jamás de los jamases se hubiese hecho Blade Runner 2049, me pareció digna y disfruté bastante en el cine. Una vez desconectado el resorte de la obsesión, me dispuse a verla como algo al margen de la original. Si no me gustaba, la guardaría en el cajón de la inexistencia, donde viven, entre otras, 2010, Odisea dos (¿llegó a haber una secuela de 2001, Odisea Espacial? ¡Nunca!). Los cortos previos al estreno que rellenan el hueco entre una película y la otra y nos cuentan lo que ha sucedido en esos treinta años ―si no los habéis visto, debéis hacerlo― ya me habían tranquilizado en parte. Aun así, fui al cine con bastante inquietud. No tardé en verme absorbida por una respetuosa continuación del universo original, una fotografía impresionante ―lo mejor de todo―, una banda sonora a ratos algo estridente, pero adecuada, una historia correcta en su mayor parte y algunos guiños a los fans de la primera que no acaban de convencer, pero que sirven de nexos de unión para generar cierto afecto por lo que se está viendo. En definitiva, una gran película que bebe de la original pero que está realizada al modo de este siglo.

Por suerte, algunos de mis temores eran incorrectos, Villeneuve continua con el concepto ―del que su precursora fue el primer ejemplo―  de que ciencia ficción no implica necesariamente infinitas escenas de acción. Es posible que esto ayude a que resulte una catástrofe en taquilla, pero yo se lo agradezco. De todos modos, por mucho que ahora sea tema de moda, Blade Runner nunca fue del interés de los espectadores en general, siempre fue una película de culto, una delicatessen para algunos, algo inaguantable para otros. No sé por qué su secuela tendría que ser más multitudinaria. Yo creo que su director ya partía de la idea de que era más una obra para ganar premios que dinero.

Una vez dicho esto, pasemos al momento de las críticas, porque sí, me ha gustado y, probablemente, si no existiese la original, me habría parecido estupenda, pero existe y ya se sabe que las comparaciones son odiosas. Para empezar, no encuentro en la secuela el alma de cine negro disfrazado de ciencia ficción de mi Blade Runner, esos planos lentos, contenidos, en los que Ridley Scott cuidó los juegos de luces y sombras y la posición de los personajes con el mimo del cine grabado en blanco y negro, esas escenas en las que una mirada cuenta una historia. Ese ritmo que sólo se da en algunas películas de los primeros años 80. Tampoco encuentro la estructura de contrastes que en la original va más allá de los planos, salvo, quizás, en la ambientación, mezcla de los antiguo y decadente con la tecnología más novedosa, pero que al ser rodada de otro modo pierde la magia. Esos edificios abandonados de la original, grandiosos, pero cercanos, que albergan elementos futuristas entre objetos que podrían ser de antes de ayer o de hoy mismo. Las recreaciones de Blade Runner 2049 son impresionantes, sí, pero lejanas. El hotel en Las Vegas, por ejemplo, es magnífico, pero no es cotidiano como el Edificio Bradbury, es casi como un sueño. Contrastes como esa maravillosa Daryl Hannah en su papel de la cyberpunk Pris frente a la sensual femme fatale clásica Rachel que interpreta la simpar Sean Young.

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Y no sé vosotros, pero yo veo algunos paralelismos que no acaban de estar logrados. No me convence el protagonista elegido, Ryan Gosling, inexpresivo más allá de su papel de replicante. No, por más que lo pretenda, no puede actuar como Harrison Ford, que hizo, en su papel de Deckard, en Blade Runner, una de las mejores actuaciones de su carrera. Su “expresividad contenida” no la consigue reproducir Gosling. Tampoco Luv (Sylvia Hoeks) es digna sucesora de Rachel en la comparación Wallace Corporation – Tyrell Corporation, aunque esta vez no es del todo culpa de la actriz. Ni lo es la prostituta a la que dan el aspecto de Pris, quizás para indicar que es un producto en serie, quizás para apelar al corazoncito de los fans. Y no quiero hacer spoilers, pero ningún replicante se morirá jamás tan bien como Roy Batty (Rutger Hauer) mientras cae agua del cielo.

 

Siguiendo con las actuaciones, Ana de Armas está estupenda en su papel de IA y Jared Leto no me acaba de encajar del todo bien. Me gustó más en el corto previo en que perfilan su personaje.

Habría mucho que decir, pero me estoy alargando, quizás otro día hable de las diferencias con la novela que da origen a todo el mundo de Blade Runner. Sí, creo que lo haré.

A modo de conclusión ―no busquéis objetividad en mis palabras―: Blade Runner es una obra maestra, Blade Runner 2049 no tendría que haber existido, pero es una secuela bastante digna y ojalá no haya más, aunque ese final anticipa una tercera. El tiempo me dará la razón. Lo sé.

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Los búhos del caos 5: Universo Blade Runner

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Bienvenido a un nuevo programa de Los búhos del caos. En esta ocasión, con la excusa del estreno de “Blade Runner 2049”, hemos hecho un especial en el que hablamos de esta película, de “Blade Runner” y de la novela de Phipip K. Dick en la que se inspiran: “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”.
También hablamos de series como “American Gods”, del terrible final de “El Incidente” y de ST Discovery. Os contamos qué nos parecen los libros que tenemos entre manos y mencionamos algunas convocatorias interesantes que tendrán lugar estos días, como la Madrid Gaming Experience, el Spoiler Fest, el Festival Penumbra, la reunión de la editorial Cerbero y más eventos y presentaciones que se harán durante la Semana Gótica y Getafe Negro, entre otros.
En “recomendaciones random” os haremos pasar miedo con propuestas especial Halloween.

A los mandos de la mesa de sonido y al martillo, Yem Goizueta. Detrás de los micros, José Antonio Campos (Toluuuu), Alberto Plumed, María Martín y Mar Goizueta. En la trastienda, Pili Rosique.

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*Nuestra sintonía es “Una vuelta de Halley”, de Lewin: https://open.spotify.com/track/6ZpRz6YU8lJ9K9VSqCXoTb
Además, también han sonado los siguientes temas:
-“Bela Lugosi is Dead”, de Bauhaus. La versión es la de la intro de “El Ansia”
-“Midnight The Stars & You”, de James Campbell, Reginald Connelly y Harry Woods (BSO “El Resplandor”)
– “End Titles Blade Runner” (BSO Blade Runner), de Vangelis

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Los búhos del caos 4: Caos en directo

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Bienvenido a un nuevo episodio de Los Búhos del Caos. En esta ocasión, entre otros temas, nos hacemos eco de la iniciativa #LeoAutorasOct, damos un repaso a los cortos que se han lanzado como anticipo de “Blade Runner 2049”, hablamos de “Alien Covenant”, de la SNES, de la nueva serie de Star Trek, de la agenda para estos días, estrenamos la sección “recomendaciones random” y hablamos, como no, de libros, de los que hemos leído, de los que estamos leyendo y de las novedades.

A los mandos de la mesa de sonido y al martillo, Yem Goizueta. Detrás de los micros, José Antonio Campos (Toluuuu), Alberto Plumed y Mar Goizueta. En la trastienda, Pili Rosique y María Martín.

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*Nuestra sintonía es “Una vuelta de Halley”, de Lewin: https://open.spotify.com/track/6ZpRz6YU8lJ9K9VSqCXoTb

Además, también han sonado los siguientes temas:

-“Rachel’s song” de Vangelis (Blade Runner BSO)
-“Are you sure” de David Lynch, del disco “The big dream”
-“Lonely perfection”, de Jed Kurzel (Alien Covenant BSO)
-“The future awaits” de Brian Gilg (Blade Runner 2049 BSO)

El próximo programa será el miércoles 18 y lo podréis escuchar en directo en http://www.lhmagazin.com a partir de las 20:30. Y después en Ivoox.

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Los búhos del caos 3: Síndrome postvacacional

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En este programa superamos todos los límites del caos y os hablamos, sin orden ni concierto, de nuestras actividades veraniegas relacionadas con los temas del programa: el festival Celsius, algunas de las películas que hemos visto -sí, por supuesto que hemos visto “It” y os hablamos de ello, que sabemos que lo habéis pensado-, los libros y las series que hemos disfrutado o estamos disfrutando en estos momentos… Y, como no, también os contamos algunos cotilleos, algunas cosas que no deberíamos contar y algunos de los secretos de los miembros del programa.

En esta ocasión, detrás de los micros estuvimos Yem Goizueta, José Antonio Campos (Toluuuu), Alberto Plumed y Mar Goizueta. En la trastienda, Pili Rosique y María Martín.
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*Nuestra sintonía es “Una vuelta de Halley”, de Lewin: https://open.spotify.com/track/6ZpRz6YU8lJ9K9VSqCXoTb

Literatura con nombre de mujer

Desde su nacimiento, e incluso antes, las redes sociales han sido usadas para empujar iniciativas, propuestas e ideas. Hashtags que recorren el mundo en diez minutos, ideas peregrinas que de pronto alcanzan el estatus de verdad absoluta. Por suerte, a veces lo que se viraliza son ocurrencias  de esas que tienen como objetivo hacer de este mundo un lugar un poco mejor.

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Ocurrió hace poco más de un año gracias a la reflexión de un grupo de twitteras sobre el porcentaje de hombres y mujeres a los que leían. La idea detrás, conseguir algo más de paridad en nuestras estanterías. Abrirnos un poco los ojos a una realidad que generalmente no vemos, y es que nuestras bibliotecas particulares suelen estar plagadas de hombres. Si nos metemos ya en la denominada “literatura de género”, los resultados suelen ser para llorar. Dispuestas a aportar soluciones, y no sólo quejas, estas twitteras propusieron dedicar un mes a la lectura de libros escritos por mujeres. Y hacerlo visible en redes sociales con el hashtag #LeoAutorasOct. ¿Por qué octubre? Porque coincidió con la instauración del Día de las Escritoras por parte de la Biblioteca Nacional de España, la Asociación Clásicas y Modernas y la Federación Española de Mujeres Directivas (FEDEPE). Y porque en noviembre y diciembre ya tenemos otras causas que viralizar (#movember y #dressember).

Este año vuelve a celebrarse, y no sólo cuentan con hashtag. También con página web (https://leoautorasoct.wordpress.com/) y cuenta de Twitter (@LeoAutoras). Y cientos y cientos de usuarios que ya empiezan a circular sus recomendaciones y listas previstas para el mes.

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Por supuesto, no están todas las que son, o deberían, pero estas son algunas recomendaciones de lecturas. Por si deciden sumarse a la iniciativa:

El cuento de la criada, de Margaret Atwood (Salamandra, 18,05€). ¿Alguien no ha escuchado este título en el último año? Una distopía demasiado realista que ha saltado a los primeros puestos de las listas de ventas gracias a la adaptación ganadora de Emmys realizada por HBO. Un mundo donde las mujeres no tienen más voz que la interior y en el que la dignidad a veces se encuentra en un mensaje arañado en una pared. Comprar aquí.

Ladrones de libertad, de Iria G. Parente y Selene M. Pascual (Nocturna Ediciones, 16,15€). La saga de Harry Potter ha tenido efectos secundarios en la percepción de la literatura juvenil. Cada vez menos gente tuerce el gesto cuando ven a un adulto leer un libro juvenil (sobre esto ya hablaremos otro día). Dentro de este género, este año destaca para mí esta nueva entrega del universo de Marabilia. Piratas, príncipes, princesas, maldiciones, persecuciones, amor, sirenas y, sobre todo, 600 páginas para recordarnos que las apariencias engañan, que todos somos mucho más de lo que se ve a simple vista y que tenemos derecho a soñar. Comprar aquí.

El color del silencio, de Elia Barceló (Roca Editorial, 18,90€). Ya hablamos de esta novela en nuestro primer programa, y no puedo dejar de recomendarla. Helena Guerrero, pintora y exiliada emocional y voluntaria, regresa a España para asistir a una celebración familiar. El regreso no será solo a las calles de Madrid, sino que se verá obligada a rememorar los jardines de La Mora, en Rabat, escenario de un crimen que ha marcado su vida. La alicantina Elia Barceló vuelve a desplegar su talento en esta novela que, sin llegar a ser un thriller, investiga uno de los episodios más oscuros de la historia reciente. Comprar aquí.

La Quinta estación, de N.K. Jeimisin (Nova Libros, 19€). La novela que más veces he recomendado este año y la protagonista absoluta de nuestro primer programa. Ciencia Ficción en estado puro. En una Tierra extraña se ha desencadenado una Quinta estación. Una época de desastres y penurias que amenaza con convertirse en el comienzo del apocalipsis. Una mujer emprende la búsqueda de su hija desaparecida sin saber el papel que jugará en el fin del mundo. Una novela que sorprende no sólo por su argumento, sino por las veces que nos obliga a replantearnos prejuicios y asunciones de los que, muchas veces, no somos conscientes. Comprar aquí.

Una habitación propia, de Virginia Woolf (Seix Barral, 10,95€). Relato feminista y literario propiciado por una serie de charlas alrededor del tema de las mujeres y las novelas que a la autora le ofrecieron dar en 1928. Un ensayo que, casi 100 años después no ha perdido ni un ápice de vigencia, desgraciadamente, que la admisión, en igualdad de oportunidades, en un mundo cultural, el literario, hasta entonces reservado casi exclusivamente a los hombres. Comprar aquí.

El libro del día del juicio final, de Connie Willis (Zeta Bolsillo, 14€). Viajes en el tiempo como excusa para hablar del sufrimiento y la soledad, pero también del aguante y la voluntad que somos capaces de demostrar en situaciones extremas. Kivrin, estudiante de Historia en Oxford, viaja al siglo XIV dispuesta a estudiar la Edad Media. Las cosas se complican cuando una extraña plaga se propaga por las dos épocas, complicando el regreso de la estudiante. Comprar aquí.

Justicia auxiliar, de Ann Leckie (Nova Libros, 19€). Una historia de venganza y humanidad protagonizada por una IA atrapada en una mortaja biológica, en un cuerpo que se degrada por segundos. Empujada a una misión suicida por voluntad propia, conoceremos el funcionamiento del imperio al que sirve, o sirvió, pero también su programación y sus procesos, mientras nos tocará reflexionar sobre la voluntad, la consciencia y la eterna pregunta cuando se habla de Inteligencia Artificial: ¿cómo saber quién es humano? Comprar aquí.

La guerra del planeta de los simios. Matt Reeves

imageDe un tiempo a esta parte, los blockbuster veraniegos pasan por las carteleras sin pena ni gloria. Pocas veces la acción frenética, el sonido estridente y los efectos especiales vienen acompañados de un guión de una calidad apabullante. Sin embargo, La guerra del planeta de los simios tiene un mucho de lo último y un poquito de los demás factores anteriormente mencionados. Lo conseguido por Matt Reeves con este broche final —¿realmente lo es?— a la saga es de una categoría digna de mención.

Los acontecimientos nos sitúan cuatro años despues de lo narrado en la anterior entrega; sin embargo, los enfrentamientos entre simios y humanos siguen sucediéndose. Los monos, liderados por César, siguen escondiéndose de los hombres, mientras que estos últimos buscan a los primeros para acabar con ellos. ¿La razón? La especie humana ha sido diezmada por el virus de la gripe simia y corre grave peligro de ser eliminada de la faz de la Tierra. Todo lo contrario que la especie protagonista, en pleno auge intelectual y alejada de cualquier enfrentamiento, sabiéndose responsable del futuro de sus congéneres.

Por suerte, el director plantea la historia desde el punto de vista de los simios, algo que no es nada fácil. César es uno de los pocos monos que puede articular palabras, así que sus apariciones no nos provocan muchos problemas. Pero sus parientes, es harina de otro costal, lo que se resume en dos horas y media de monetes comunicándose mediante el idioma de los signos y subtitulándolo en la pantalla. Con un lenguaje sencillo, consiguen atraparnos con sus dilemas, consistentes en hasta qué punto siguen siendo lo que eran, y cuánto se diferencian de nosotros. La ira, el afecto, el apego, la venganza… Todos estos sentimientos, tan ligados al ser humano, los sentirán el protagonista y sus congéneres y nos mostrarán cómo de fina es la línea que separa a seres humanos y primates.image

Por otro lado, tenemos el bando humano, liderado por un Coronel sin nombre interpretado por un Woody Harrelson al que la edad le ha dotado de mayor capacidad interpretativa y que en los últimos tiempos nos ha sorprendido con papeles más que brillantes —Marty Hart de True Detective es un buen ejemplo de ello—. Aquí, da vida a un mandamás del ejército algo ido, exento de empatía hacia los humanos a los que lidera y obsesionado con una vendetta con cara de chimpancé llamada César.

Ambos papeles contrapuestos son los que, por un lado, equilibran la balanza entre la dualidad Humanidad/Simiandad —palabro que me acabo de inventar— y por otro nos enfrentan al problema de la involución humana dependiente de sus aspectos más primigenios. Esa gripe que está acabando con los seres humanos, además, presenta un nuevo síntoma: la pérdida de la voz y un estado que extrae el raciocinio a los infectados, es decir, los dota de la antigua personalidad animal. Con esta base, Matt Reeves nos atrapa en una perfecta amalgama creada a base de unificar una magnífica banda sonora —obra de Griffith Giaccino— con preciosos escenarios salvajes —bosque, desierto y montaña— por los que se pasea uno de los más extraordinarios CGI que yo he visto hasta el momento. La expresividad que hay en los ojos de los cinco monos protagonistas es tal, que solo con detenerte en ellos, puedes adivinar lo que sienten. Desde aquí mi más sincera felicitación a Andy Serkis —nominación al Oscar, ya— porque creo que sin su trabajo, esto no habría sido posible.

Por otro lado, la palabra «guerra» en el título, da lugar a confusión. La gente puede pensar que la película va a ser el Desembarco de Normandía pero con simios, y no. . Como mucho, «La escaramuza del planeta de los simios», si me apuráis. Porque ni de lejos está la población mundial en jaque, ni esta batalla es crucial para la supervivencia de ninguna de las dos especies. No sabemos qué sucede en los demás continentes ni tampoco si la enfermedad ha llegado a algún otro lugar. Las referencias a Apocalipsis Now están ahí, a la vista, incluso para los menos avispados —como un servidor— hay un juego de palabras durante una de las escenas, que deja más que claras esas referencias. El tono oscuro que impregna toda la obra, cuadra más con un western de calidad, que con una película bélica. Es más, los distintos elementos que aparecen —un toque de aventura, otro de suspense, un poco de cine de fugas, aquí una pizca de drama— la alejan aún más de un simple estilo de filme.

Como pega —más que pega, cagada absoluta y agujero de guión—, esa escena en laimage que un humano es atacado con un par de boñigas de mono… Y hasta aquí puedo escribir. Es el único error que he localizado y que no sé cómo ha podido escaparse en un libreto tan bien llevado en todos los aspectos.

En definitiva, un cierre de saga que hace justicia a las anteriores entregas y que mejora el producto original hasta cotas inimaginables. Eso sí, el final no se deja tan cerrado como a servidor le gustaría, lo que hace plantearme si en realidad se ha quedado así por alguna razón. Sea como sea, si le siguen dando el mando del guión a Matt Reeves y la interpretación de los simios a Serkis, pueden contar conmigo en la butaca del cine porque no pienso perderme ninguna de las dos, tres o seis películas que se hagan.