La chica de al lado de Jack Ketchum

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Imaginad una manzana roja, brillante, como la que la bruja le ofrece a Blancanieves en el cuento del mismo nombre. Visualizad esa imagen por un momento, en una fuente de cristal y rodeada de otras diez de ellas. Apetecible, ¿verdad? Ahora, en vuestro frutero imaginario, probad a introducir otra manzana, esta vez podrida y arrugada. Haced un time-lapse mental, como en uno de esos vídeos documentales en los que los días se suceden en cuestión de segundos. Ahora sustituid manzanas por personas, como hizo Ana Botella en su momento y tendréis una perfecta analogía del libro que vamos a tratar.

Años cincuenta. Un pueblo cualquiera en Estados Unidos. Un grupo de casas alberga la vida diaria de un vecindario de lo más normal. Béisbol, cerveza, cigarrillos Chesterfields y marsmallows a la luz de las hogueras. Todo cambia cuando Meg y su hermana pequeña Susan, sufren un accidente de coche en el que sus padres mueren y aterrizan en el hogar de los Chandler. La apacible vida de los chicos del barrio y de las dos recién llegadas cambiará para siempre en un giro casual de los acontecimientos.

 Como muchas veces he comentado, soy un amante de la literatura de terror y un ferviente admirador de la novela de género. Sin embargo, por cosas que ni yo logro a comprender, aún no me he encontrado con ningún libro que fuese capaz de removerme los intestinos por culpa del miedo escondido entre sus páginas. Sí, me he topado con escenas terroríficas que, si me pasaran en el mundo real, me obligarían a hacerme un ovillo y chuparme el pulgar como un niño de teta, pero al estar escritas en tinta, ni fu ni fa. Nada que ver con el cine de esta misma temática, del que me alejo todo lo que puedo a no ser que la película en cuestión me la hayan recomendado con fervor, porque lo paso realmente mal.

El caso es que desde hace ya un par de años, venía escuchando tanto en redes como en tertulias literarias que La chica de al lado de Jack Ketchum (Nueva Jersey, 1964-Nueva York, 2018) era probablemente uno de los peores libros que podías echarte al coleto en 450_1000cuanto a este género se refiere. Curiosamente, hace unas semanas, pregunté en redes sobre novelas que dieran verdadero terror y esta fue una de las más nombradas. En lo que la mayoría estuvo de acuerdo era que, más que acongojarte, la historia de sus protagonistas, Meg y David, te revolvía las tripas. Fue por ello que tomé la decisión de, en cuanto terminase con lo que tenía entre manos, me pondría con ella.

La cogí a ciegas, sin saber nada de lo que me iba a encontrar. No leí la sinopsis, tampoco las reseñas, no pregunté a nadie sobre el argumento; tan solo me senté en el metro, abrí la primera página y comencé a leer. Empezaba muy bien. Una narración en primera persona en la que David, el principal protagonista, se marca un monólogo de lo más convincente acerca de lo que es el dolor. Desde el principio entiendes que algo chungo ha debido de sucederle en el pasado; dos páginas y sabes que lo que le pasó hace más de treinta años fue determinante para el devenir de su vida. Y no, no te equivocas.

Tras este inicio, el autor retrocede treinta años atrás hasta la infancia de David y le coloca sobre una roca en medio de un río, recogiendo cangrejos y conociendo por primera vez a Meg, co-protagonista absoluta de la trama. Una conversación banal, una cicatriz en un brazo y parece que el primer amor de verano para David está a a punto de sucederse.

Sin utilizar ningún recurso sobrenatural, solo con las peripecias de unos críos cuyas personalidades recuerdan a los muchachos de It o Cuenta conmigo de Stephen King en un entorno rural similar al de las novelas anteriormente mencionadas, el autor describe de forma cruda y directa cómo es la vida en un pueblecito del interior americano recién salido de la guerra. Allí hay poco que hacer más allá de jugar al pilla-pilla, cazar imagescangrejos en el río o tirarse piedras y descalabrarse unos a otros. Ya sabéis, como en España en los ochenta pero sin Franco. De hecho, Ketchum tiene una gran virtud a la hora de poner en escena todo lo que sucederá más adelante, y es gracias a las inexistentes descripciones de sus emplazamientos. No le hace falta convencer al lector de lo que rodea a los personajes porque estos son tan claros que todo lo demás es accesorio.

La elección del narrador en primera persona es un verdadero acierto. Os preguntaréis por qué. Todo lo que se narra en la novela ha sucedido treinta años atrás, pero David decide contarlo en ese momento, a modo de expiación. Por un lado extrae de la «confesión» cualquier tipo añadido infantil que podría haber dado lugar en el momento en el que sucedió, pero por otro aporta si cabe más crudeza a lo que nos cuenta al tener la visión adulta del momento en el que lo cuenta. Eso le permite tener lagunas en su historia, ahorrarse las partes que no le interesan o dotar de mayor sinceridad a lo que ha visto. Sin embargo, cuando la acción se ha vuelto desenfrenada y el lector ya está atrapado, capítulos que empiezan o acaban con párrafos como el que copio a continuación, hacen que te atrapen en la misma situación en la que se encuentra su yo del pasado:

No voy a contaros esto.

Me niego.

 Hay cosas que morirías antes de contarlas, cosas que

sabes que deberías haber muerto antes de verlas.

 Yo observé y lo vi.

Confesiones como esta hacen que lo que se cuenta se convierta en algo más turbio aún, lleno de aristas, de detalles que, aunque no aparezcan, puede rellenar el lector con la imaginación. Como podéis ver, estoy intentando no contar nada de lo que pasa en la trama porque creo que, para afrontarla, es necesario llegar lo más «virgen» posible a la lectura.

Si entramos de lleno en el tema de trasfondo, veremos que Ketchum aborda la maldad humana sin cortapisas, yendo directo al grano. Sí, quiere hablar sobre el maltrato, la fragilidad del sistema de adopciones o incluso de los problemas derivados de las girl next door ketchum leisure 2005comunidades pequeñas y cerradas. Pero sin duda, la maldad porque sí, es lo que fascina al autor. Cómo una manzana podrida puede infectar a todas las que la rodean en un tiempo relativamente corto, convirtiendo a inocentes niños en verdaderas máquinas de hacer daño. El mal por el mal, simple y llanamente.

Igual que sucede con la piratería en España, en ocasiones, el ser humano actúa con malicia porque puede hacerlo, sin excusas. Mediante el avance de los días en la residencia de los Chandler, veremos ese cambio progresivo en el grupo de chavales, de jugar con simples colonias de hormigas a utilizar los métodos más imaginativos para causar dolor en un semejante. Os preguntaréis muchas veces el por qué llegan a esas cotas de repugnancia mientras estéis allí con ellos y siempre obtendréis la misma respuesta: porque pueden.

Decía el escritor y filósofo Edmund Burke que para que el mal triunfase solo hacía falta un hombre bueno que no hiciese nada al respecto. Aquí veremos un ejemplo perfecto encarnado en el protagonista, David. Y quizá esta sea una de las cosas que menos me gustan de la novela, al menos en cuanto a la credibilidad de la misma. Es cierto que el muchacho explica las razones por las cuales se comporta de esta manera, pero a mí no acaban de convencerme. Al principio, las fechorías no son más que gamberradas un poco pasadas de vueltas y puedo entender que el muchacho se mantenga al margen como mero espectador. Pero llega un momento en el que su inactividad irrita al lector, sobre todo por la gestión que hace más adelante de los sucesos. Desde que se inicia la vorágine de violencia, tengo la sensación de que el chico sufre de una psicopatía enervante de la cual no hablan en toda la novela.

Si he de poner alguna pega a la novela, además de lo anteriormente mencionado, es la pésima traducción y edición de la misma. La Factoría (Fechoría, como dirí

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a nuestro Barbas) de Ideas, bien conocida por los lectores de género en nuestro país por sus desastrosas traducciones, hizo gala de sus peores hábitos dejando en las librerías un despropósito de texto lleno de erratas y frases que se contradicen en demasiadas ocasiones y que hacen pensar que todas las leyendas que se cuentan sobre ella, son ciertas.

Más allá de eso, la novela es una puta maravilla que nadie debería perderse si quiere corroborar ese dicho de «la realidad siempre supera a la ficción» porque, por increíble que parezca, el señor Ketchum no hace más que adaptar a novela el caso real ocurrido en Indiana cuyo nombre en clave para la búsqueda es Sylvia Likens. Por si cuando acabéis con la ficción queréis saber algo más de la realidad.

 

 

 

 

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