Charlie, Algernon y yo

Elegir tu obra preferida, de cualquier cosa, es siempre una tarea complicada. Claro que hay libros, películas, cómics o series que resuenan más que otras, a los que vuelves de forma periódica porque te hacen pensar, o sonreír, o porque te dejan buen sabor de boca, pero ¿implica eso que el resto de obras no lo hacen? Restringirlo a un género, o géneros, puede hacer las cosas más sencillas. En apariencia. Porque, ¿cómo comparas una obra como El Señor de los Anillos (con todo el trabajo que tiene detrás) con El asesinato de Roger Ackroyd, donde el cacareado worldbuilding es inexistente pero que, sin embargo, supone una obra maestra en el género policiaco? ¿O una obra concebida más como entretenimiento y diversión (La noche de los demonios, por poner un ejemplo) con otra cuyo objetivo final es denunciar y hacer reflexionar a los lectores (Fahrenheit 451, por poner otro)? Yo, a diferencia de Harold Bloom, me declaro incapaz, y asumo que mi única opción reside en no compararlos entre sí y limitarme a elaborar listas mentales de libros que reelería una y otra vez. O que recomendaría a diestro y siniestro. Si es que no lo hago ya.

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La cuestión, centrémonos en la medida de lo posible, es que hoy me toca hablar de mi obra preferida dentro de lo que llamamos “literatura de género” (terror, fantasía, ciencia ficción y novela negra). O de una de ellas, mejor dicho.

Vaya por delante que, durante muchos años, me limité a leer lo que se llama “literatura seria”, cargada de prejuicios sobre otros géneros. Hasta que un amigo decidió “reeducarme” y me regaló tres libros, que devoré en muy poco tiempo. Y es de uno de ellos del que voy a hablar hoy: Flores para Algernon, de Daniel Keyes.

Charlie Gordon, un joven con discapacidad mental, es sometido a una operación con la que le prometen que será listo. Concretamente que triplicará su cociente intelectual, de 68. Gracias a su diario, veremos su evolución día a día, su adaptación a una nueva realidad, pero también la de Algernon, un ratón sometido a la misma operación que será reflejo, y vaticinio, de las dificultades que atravesará Charlie.

Nacido como un relato, ganador del Premio Hugo en 1960, años después el propio Keyes lo amplió hasta convertirlo en una novela, que se alzaría con el Premio Nébula en 1966. Considerado desde entonces como un clásico, la última edición en España corrió a cargo de SM (estamos hablando de 2006). Y aunque no es en absoluto una mala novela para niños y adolescentes, sí tengo claro que estos pueden perderse matices que sólo puedes captar cuando eres ya adulto; reflexiones que sólo puede provocarte cuando has conocido el dolor de la pérdida; cuando conoces la rabia, la impotencia y la desesperación de ver cómo se escapan los granos de arena de entre los dedos sin que puedas hacer nada por evitarlo.

Flores para Algernon fue sin duda uno de los libros que me reconcilió con el género de la ciencia ficción, pero también uno de los pocos libros que me han hecho llorar mientras los leía. Porque todos hemos sido Charlie Gordon alguna vez en nuestras vidas. Porque nos enseña que, a veces, la resignación no es una derrota, sino la única manera de sobrevivir a una batalla que sabes perdida.

No es, por supuesto, el único tema que se trata en la novela, que incluye desde el tratamiento de las personas deficientes hasta la relación entre inteligencia y emociones. Algunos incluso han visto en la novela una metáfora del desarrollo humano. Y aunque soy capaz de ver algunos de esos asuntos mientras la leo, lo cierto es que es el tema de la pérdida el que siempre ha resonado más para mí.

Pero no importa si cuando la leas ves en ella algo diferente a lo que vi yo. Ese es uno de los grandes logros de la literatura de género, de las novelas especulativas. Que cada uno es capaz de sacar diferentes lecciones del mismo libro. Que, a veces, los lectores descubren cosas que los propios autores no sabían que estaban. Que la imaginación de cada uno se pone a trabajar desde el momento en que la novela, el relato, te atrapa y te transporta a ese mundo fantástico que no es el tuyo.

Lo importante es si, como yo, querrás llevar flores a la tumba de Algernon.

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