Electrónica, un barco de vapor, un quebrantahuesos y muchos Deinonychus

Desde bien pequeño se me notaban inquietudes por la lectura. No fui de esos niños que comenzaron a leer clásicos a los tres años o que con ocho ya habían leído toda la colección Austral de la biblioteca del cole. Ni mucho menos. Sí, con cuatro años sabía leer, pero simplemente porque tuve la suerte de caer de culo en un colegio pequeñito y sin espacio en el que mezclaban a los niños de parvulario con los de primero de EGB y los de segundo; cosas de los ochenta. En mi casa siempre hubieron libros, pero he de reconocer que ni mi madre ni mi padre fueron grandes lectores. Él se excusaba diciendo que de joven sí lo fue, y que entre sus manos habían caído decenas de novelettes de vaqueros y detectives, pero la verdad es que yo nunca le vi muy afanado en ello. Comprábamos El País todos los domingos, la Tp todas las semanas para ver la programación de los dos únicos canales y en el baño había decenas de potingues, champús y dentífrico con los que entretenerme y practicar mi pericia lectora sentado en la taza del váter. En las estanterías de nuestro salón no habría más de cuarenta libros, de los cuales al menos veinte eran de Electrónica y de Montaje de Televisión y Radio. Así que ¿cómo fue que caí en este vicio que a día de hoy copa casi todo mi tiempo libre? Ni idea. Así que si tengo que echarle la culpa a alguien, lo haré con la colección de libros infantiles y juveniles de El Barco de Vapor de la editorial SM.

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Recuerdo que en uno de los días de Reyes, con siete u ocho años —tendría que mirar de qué año son los libros—una de mis tías apareció con un paquete cuadrado envuelto en papel de regalo con muñequitos de nieve estampados. A diferencia de muchos de ellos, no era blandito ni mullido, por lo que rápidamente descarté la opción calcetines o calzoncillos. Tampoco se notaba el característico soniquete de líquido por dentro, por lo que las colonias Chispas y Nenuco quedaban tachadas de la lista de «cosasquenidecoñaquieroquemeregalenporReyes». Así que al abrirlo, como todos habéis adivinado, no estaban ni el último muñeco de los Gi-Joe, el fuerte vaquero de los Playmobil ni el guerrero hípermusculado He-Man, sino un lote de ocho libros de las colecciones blanca, azul y naranja de la editorial antes mencionada. En un principio me desilusioné bastante, y la verdad es que el lote acabó aparcado en la habitación de mis abuelos junto con la ropa interior, jerséis, pinturas y cuadernos que me habían caído.

El caso es que al comenzar el colegio un par de días después —la LOGSE no tenía piedad con nosotros, no nos dejaban ni una semana para disfrutar de los regalos—, me llevé dos de los libros al recreo y, como es lógico, me los empapé de una sentada. Aún recuerdo los nombres: Las palabras mágicas y El mono imitamonos. Esa misma tarde, en casa, cogí los otros y de nuevo cayeron en poco tiempo. Me leí todos los libros entre ese día y el siguiente, y desde entonces no paré. Primero acabé con todos los cuentos y tebeos que habían en la casa de mis abuelos y que pertenecían a mis ocho tíos. Tras eso, devoré las enciclopedias de mi padre sobre Electrónica y la colección de El Hombre y la Tierra. No quiero tirarme el pegote, pero con ocho añitos no levantaba un palmo del suelo y ya era todo un experto en el quebrantahuesos, la cabra montesa, el oso pardo o el lobo ibérico. Más tarde cayeron las novelas Yo Claudio, Chacal, El pastelero de Madrigal, Un millón de muertos, Las hienas de Ravensbruck o Los horrores nazis. Mi padre tenía bastante literatura de la Segunda Guerra Mundial, por lo que con doce años conocía a todos los hijos de puta relevantes del bando alemán.

Sin embargo, hasta que no llegó el final del verano del 1993, allá por septiembre, no aterrizó en mis manos la novela que me hizo dar un giro a mis lecturas y la que se convirtió en mi libro preferido hasta el día de hoy. Podría haber sido una obra de Lovecraft, de Poe, de Verne o de Tolkien. Pero no, fue de Michael Crichton; su título: Parque Jurásico.

No es una obra que destaque por su argumento; sus giros de trama tampoco es que sean de los más deslumbrantes que haya visto hasta la fecha. De hecho, ni sus personajes son de un carisma arrollador —exceptuando Ian Malcolm, que si bien en la novela es la nota discordante de su reparto, en la película salió bastante mejorado con la actuación de Jeff Goldblum— que te hagan olvidar a protagonistas como Robinson Crusoe, D’Artagnan o el pirata Long John Silver. Pero ¡ay madre! ¡Tenían putos dinosaurios! ¿A qué niño de trece años no le flipaba la imagen de los Tyranosaurus Rex con esas manitas tan graciosas y que salían en los libros de texto de Naturales? La novela llevaba ya tres años circulando por los USA y todos en España éramos conscientes de que el señor que había dirigido ET y las pelis de Indiana Jones se había encargado de hacerla realidad. Ya si eso otro día os cuento mi experiencia cuando vi los pasajes de la novela en el cine. El caso es que cuando vi esa portada, la original de Hollywood, flipé.

No voy a contaros mucho sobre el contenido de la obra porque deduzco que todos los que estaréis leyendo esto sois unos frikis de cuidado y, como poco, habéis visto la peli. Pero para aquellos que ni siquiera conozcan la parte cinéfila, os daré una exclusiva: son prácticamente idénticas. Salen Triceratops, Brachiosaurios, Dilophosaurios, Parasaurolophus, Tyranosaurus Rex y, sin duda, los preferidos por casi todo el mundo, los Velociraptores que, por cierto, no eran tal cosa, sino Deinonychus, pero de esto si queréis ya hablamos en otra ocasión, junto con lo de mi visita al cine. Si entramos en el argumento, es bastante básico: millonario sin escrúpulos invierte mazo de pasta en una isla perdida de la mano de Dios e instala allí unos laboratorios genéticos del copón bendito en los que gracias a la manipulación genética pueden traer a la vida dinosaurios extintos hace millones de años. Aprovechándo el espacio que le sobra en su jungla privada, monta un parque de atracciones en el que la peña en vez de meterse en el tren de la bruja o en los caballitos, puede ver a una manada de Gallimimus recorriendo una pradera de la isla, a un Triceratops plantando mierdas del tamaño de un tigre adulto o a un Tyranosaurus Rex alimentándose de una cabra despistada. Ni que decir tiene que todo esto sale mal, pero al final los buenos y los niños se escapan de la isla y sobreviven sanos y salvos. Bueno, y casi enteros. Fin.

Es curioso, pero la persona que me regaló aquella novela para mi cumpleaños fue la misma que hizo lo propio con las de El Barco de Vapor. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido, si os digo la verdad. A día de hoy la habré releído cerca de ocho veces, al igual que su continuación, El mundo perdido —aunque esta última no conserva la frescura y la originalidad de la primera— y desde entonces empecé a encadenar libros de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción hasta el día de hoy. Ya había leído algo de fantástico, pero la verdad es que Michael Crichton fue sin duda el que me metió el germen de la literatura de género en las venas. Después de esta cayeron inmediatamente Congo, Esfera, Acoso, Sol Naciente, El hombre Terminal y Los devoradores de cadáveres —todas ellas de Mr. Crichton— en menos de un mes, y a lo largo de mis años cayeron todas las demás, a excepción de Latitudes Piratas, editada en España tras su muerte a manos del cáncer en noviembre del 2008; pero esto, de nuevo, os lo contaré en otra ocasión.

 

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3 comentarios en “Electrónica, un barco de vapor, un quebrantahuesos y muchos Deinonychus

  1. georgeone

    ¡Mi querido Toluuuu!
    ¡Mi queridísimo director Toluuuu!
    ¿Eres el de la foto, eh? Sales muy solemne y recio, no me hago a la idea. Un poco transportado incluso. Molando se podría decir.
    Bueno, ahora sé dónde estás y me importa mucho. Te leeré y te leeré y lerele leré y eso. Y también leeré a tus cinco amigos búhos y les iré conociendo un poco como a ti y me alegro una cosa mala.

    La página tiene un aspecto imponente, espero con interés que no pare de crecer y que lo paséis estupendamente con ella.

    Hasta pronto

    Le gusta a 1 persona

    1. Toluuuu

      Bien hallado Maestro Georgeone!!! No puedes hacerte una idea de la alegría que me has dado esta mañana cuando he visto tu comentario. Necesito hablar contigo de mil cosas, contarte mil experiencias, como ha evolucionado aquella chiquillada de Gisicom y los relatos!!!
      En serio, como desaparezcas de nuevo té buscaré en los confines de internet!!!

      Me gusta

  2. docbanner

    Hola! Esta genial el post, la verdad. Estos recuerdos, la nostalgia de las primeras lecturas, eso siempre da que pensar. Eso sí, me he sentido algo mayor, cuando tú descubriste Parque Jurasico y a Michael Crichton, yo ya había leído La Historia Interminable de Ende, muchas obras de King (desde IT, al Misterio de Salem’s Lot), El Señor de los Anillos, varias de Dean R, Koontz, incluso creo que ya había hincado el diente a Asimov. Ya llevaba estaba enganchado de pleno a esto de los libros. Recuerdo que leí en una revista, que iban a hacer la película, y me gustó el argumento, así que busque el libro y lo añadí a mi biblioteca personal. Ah, lo de mirar atrás siempre mola, aunque te haga sentir ya mayor, los años pasan volando…
    Enhorabuena por el post, por el podcast y el proyecto. Los búhos del caos habría sido un título de novela cojonudo!
    Un saludo!

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